VALENCIA&CATALUÑA

VALENCIA & CATALUÑA

La mediocridad imperante no ha pasado de largo por estas tierras valencianas. Lamentablemente, los paniaguados de la política no han ocasionado menos perjuicio que en otras latitudes. Por no hablar de los aficionados a inyectarse fuertes dosis de estulticia a costa del esfuerzo ajeno. ¿Por qué se cambió Reino de Valencia por Comunidad Valenciana? ¿Qué les sonaba mejor o pensaban que entusiasmarían a alguien?

Deseo centrarme – en este mi primer artículo para XM – en una problemática que, aunque toda esa pandilla de vampiros que cree detentar el ‘poder fáctico’ pretende ignorar, debe afrontarse de una vez por todas, con el fin de que gente como nosotros comience a ponerle remedio: el distanciamiento alarmante entre valencianos y catalanes.

En estos momentos vivimos totalmente de espaldas unos a otros, como si  nos hubiéramos incomunicado voluntariamente. Si tuviéramos ejércitos, no sería descartable en absoluto una guerra en toda regla, como hacen los de Chipre más o menos. Lo cual no deja de ser ridículo y absurdo.

Nunca antes ha sido así. Yo recuerdo como, en mi – más bien tierna – infancia acompañaba a mi abuelo a recoger ‘La Vanguardia’, que leía todos los días. ¿Quién lee hoy un periódico catalán por aquí? Todavía pueden adquirirse en algunos kioscos… ¿hasta cuándo? Recuerdo que, sin excepciones, sentíamos admiración por las virtudes del pueblo catalán. Y viajábamos a Barcelona con cualquier excusa, que entonces era una ciudad con ansias cosmopolitas.

¡Cómo han cambiado las cosas en poco más de una generación! ¿Qué ha pasado aquí y allí? ¿A quién beneficia esta nefasta dinámica? Empezaremos por aquí, por los pseudobeneficiados (pues son tan inútiles que, en realidad, ni siquiera se benefician, excepto en algún caso que lo hacen por pura chiripa), del antagonismo Cataluña-Valencia:

–          Quienes mangonean el invento autodenominado ‘pancatalanismo’. Todos los mangoneadores – o directamente mangantes – viven  en Barcelona o suburbios, desde donde ejercen su falso paternalismo. Viven de la mamandurria pública, y pretenden hacerla más grande. Con sede en Barcelona, pues ellos no quieren moverse de allí, que están muy bien, por eso favorecen con todas sus fuerzas una dinámica extraordinariamente centrípeta, como un remolino centrado en Barcelona que todo lo engulliría… sin ningún provecho real, dicho sea de paso.

–          Quienes propugnan una ‘federación de estados’, donde habría una ‘nación catalana’ y quizás un ‘país valenciano’. Con toda la burocracia que conlleva dicha entelequia, que es lo que quieren, más cargos/cargas públicos, pues de eso comen ellos y sus parásitos.

–          Quienes son como los anteriores pero directamente quieren la independencia (sí, aquí en Valencia también los hay). Así, la burocracia es mayor (ejército, diplomacia…) y pueden alimentar más parásitos, y ellos mismos tocan a más.

–          Quienes, alienados, les votan. La democracia tiene estas cosas… Y en su simulada implantación tiene su génesis el problema que nos ocupa.

Ninguno de estos lúgubres personajillos se ha distinguido por una brillante trayectoria social o empresarial. Intentan atraerse a gente de la farándula o algún deportista lobotomizado, y ni ahí logran éxitos relevantes. Solo les importan sus propias historias; pero serán ignorados por la Historia.

Una vez puestos al descubierto los chapuceros que impulsan ese dislate que supone el antagonismo Valencia-Cataluña, que son los mismos perros con los mismos collares que en todas partes, esto es, los paniaguados de la mamandurria política, el siguiente paso lógico consiste en demoler el entramado del diferendo.

Obviamente, hay que ignorar a estos personajillos, y ejercer la desobediencia civil a sus dictados a poco que sea viable. Y votar o no votar; pero nunca votar a quienes tengan tufillo aislacionista, insolidario. Por el contrario, hemos de fomentar lo universalista o cosmopolita allí donde esté, pues además de ser valores del tercer milenio, es por esta vía que retomaremos la hermandad Valencia-Cataluña.

Valencia y Cataluña compartimos instituciones (Generalitat, Síndic de Greuges…), lenguas vehiculares, costumbres, clima, mar, vecinos, problemas, y un largo etcétera. Nuestras respectivas idiosincrasias poseen elevadísimo número de paralelismos. Y las diferencias son las que hacen aún más atractiva nuestra unión.

Hemos de contar unos con otros: en eventos, en grandes proyectos comunes como el AVE o la autovía Castellón-Tarragona, en promoción (turismo, industria, inversión), en iniciativas y acciones comunes en todos los campos. Y siempre desde un plano de igualdad, sin paternalismos trasnochados, sumando voluntades, sin dejar de lado aportaciones válidas.

Con los pies en el suelo, con pragmatismo. Sin tampoco pretender una uniformización poco realista. Sin anular la necesaria competencia entre ciudades y territorios, pues una sana competencia – frente al monopolio imperante de quienes se dan la gran vida a costa del esfuerzo ajeno – es lo que nos empujará a ser mejores, a no quedarnos atrás, a volver a estar en vanguardia.

Somos quienes nos consideramos personas quienes hemos de dar los primeros pasos, estableciendo por ejemplo rutas turísticas, redes de campos de golf, de hoteles, de puertos deportivos, de restaurantes, de joyerías, de productos con denominación de origen. También fomentando encuentros empresariales, viajes, turismo, inversiones, y eventos de todo tipo. Es un largo camino, pues nunca hemos dejado de estar unidos, aunque solo sea por la geografía, y estamos destinados a seguir siempre juntos por los siglos de los siglos… Amén

Gaspar Llinares

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