ENERGÍA GRATIS TOTAL… ¿POSIBLE?

ENERGÍA GRATIS TOTAL… ¿POSIBLE?

Es decir, ¿lo permitirían? Me refiero a los grandes lobbies o grupos de presión relacionados con la energía: petróleo, nuclear, carbón, gas. E incluso a los lobbies emergentes relacionados con las energías renovables: biocombustibles, solar, eólica, geotérmica… En realidad, hoy en día más que compañías encuadradas en una única actividad energética, asistimos a la consolidación de grandes conglomerados con intereses en varios o casi todos los ámbitos de la matriz energética.

El consumo energético mundial se prevé aumente de forma espectacular en los próximos años por dos motivos fundamentales. El primero reside en la propia evolución de la calidad de vida, la tecnología, las comunicaciones y en especial Internet y sus derivados. Y el segundo, la incorporación definitiva y real de toda la humanidad a la economía y evolución globales, proceso que ya ha comenzado con los denominados países emergentes: China, India…

Por supuesto, hay amenazas, y no de escaso calibre. La primera sería la posible escasez de recursos para una demanda energética que multiplicaría varias veces la presente. El encarecimiento de la energía obviamente limitaría el acceso a la misma, y asimismo se traslada al resto de bienes y servicios. El cambio climático implica unos costes y limitaciones asociados con los combustibles fósiles: petróleo, carbón, gas. Y la contaminación asimismo supone una fuerte limitación en el uso de la energía nuclear de fisión, así como – en menor medida – de los combustibles fósiles y los biocombustibles.

Dichas amenazas no son excluyentes entre sí, sino más bien al contrario, generando una compleja malla de sinergias de la que, sin ningún género de dudas, existen beneficiarios. El drama reside en que las restricciones al libre acceso a la energía implican un freno a la evolución de la humanidad. Pues, como se ha mencionado anteriormente, para unos significarían ralentizar su avance, y para el resto seguir sin poder alcanzar un nivel mínimamente digno de existencia que siquiera les permita avanzar.

Las energías renovables requieren una inversión específica – por unidad de energía producible anualmente – elevadísima en comparación con otras energías convencionales, lo cual se refleja inevitablemente en su precio final. Asimismo plantean problemas de integración paisajística y medioambiental a causa de las ingentes superficies que precisan para su implantación, o de impacto visual y a la avifauna en el caso de los generadores eólicos, entre otros. Además de los problemas de aleatoriedad en su producción por depender de fenómenos tan complejos como la meteorología (viento, sol, nubes, lluvia, nieve, etc.), tenemos la imposibilidad de acumular la energía producida en exceso más allá de cierto punto, y ello con ingentes inversiones específicas como las centrales hidroeléctricas reversibles.

Pero, sobre todo, aún con las mejores tecnologías disponibles en la actualidad, las energías renovables no podrían garantizar el suministro de la totalidad de las necesidades energéticas del planeta. Y mucho menos si las necesidades energéticas se multiplican en años venideros, como hemos visto. Las energías renovables, pues, no son una solución sino un paliativo a los problemas energéticos y medioambientales presentes y de un inmediato futuro.

Siendo, pues, el problema energético de tan suma gravedad e importancia, ¿cómo es que no ocupa los titulares de los medios de comunicación? La respuesta es obvia, un problema de mayor magnitud y perentoriedad – la presente crisis económica y financiera – ocupa su lugar, haciéndole sombra. Aún así, muchos especialistas señalan la subida de los precios del barril de petróleo – verdadero índice de los precios de la energía – como uno de los detonantes de la presente crisis.

Recordemos que el petróleo subió rápidamente de 50 hasta casi 150 dólares el barril justo antes de comenzar la crisis (2008). Para volver con cierta parsimonia pero inexorablemente a niveles precrisis (2009). Algunos especialistas predicen una nueva escalada de precios del petróleo – y por tanto de toda la energía – incluso por encima de los 200 dólares el barril una vez finalice la presente crisis. Este escenario implica unas perspectivas nada halagüeñas, con transporte y desplazamientos mucho más caros, dificultades para la deslocalización de actividades, y posiblemente una serie de recaídas en la crisis para muchos de los países. En definitiva, la humanidad ve frenado su avance, su evolución natural.

A estas alturas, aunque no se ha mencionado expresamente, es obvia la naturaleza descarnadamente especulativa de los precios de la energía. Si sube el petróleo, suben el gas natural, el uranio y el carbón, cuyos costes y métodos de producción son diametralmente opuestos. Además, en muchos casos estamos hablando de especulación favorecida por estados o grupos de estados (OPEP: organización de estados productores de petróleo), en su mayoría regidos por déspotas autoritarios como las monarquías y emiratos del Golfo Pérsico o por farsas pseudodemocráticas que, como en el caso anterior, buscan beneficiarse de un dinero fácil, ganado a costa del esfuerzo del resto del mundo, y del que no piensan prescindir.

En suma, los combustibles fósiles y los minerales de la familia del uranio, tanto si están en manos privadas como estatales, se encarecerán tanto como sea factible, dado que es prácticamente imposible ejercer control alguno sobre los mismos, ya que funcionan como un cartel que regula su producción descaradamente, de forma que nunca caigan los precios, guardando celosamente para sí información fundamental para todos, como la relativa a las reservas existentes de las distintas materias primas energéticas.

¿Tolerarían la aparición de una fuente de energía gratis total? Sería ingenuo suponer que no habría grupos que harían cuanto fuera posible para que esto nunca sucediera. Viene a cuento recordar aquí lo que sucedió con el alemán Rudolf Diesel, quien desapareció sin dejar rastro alguno tras dar a conocer su motor – el diesel, claro está – diseñado para funcionar con aceite de girasol. Posteriormente, dicha invención se adaptó para una fracción del petróleo, el gasóleo. ¡Y ahora, un siglo después, se vuele a utilizar con biodiesel fabricado a partir de semillas de girasol!

Durante años se ha pensado que la energía nuclear de fusión era el ‘caballero blanco’ que resolvería el problema energético. Recordemos que la nuclear de fusión, a diferencia de la de fisión – la que utiliza uranio o plutonio – no tiene como subproductos de la reacción nuclear elementos radiactivos y muy contaminantes, a la vez que parte de elementos muy abundantes, inagotables, como es el caso del hidrógeno. Desafortunadamente, cuanto más se investiga dicha energía, más lejos se ve el horizonte de su viabilidad. En estos momentos, los científicos que trabajan en dicho campo cifran en 25 á 40 años hasta lograr que la energía nuclear de fisión sea industrializable, comercializable.

Pero las comunidades técnica y científica no pierden la esperanza de hallar nuevas fuentes de energía, o métodos para su producción, almacenamiento y transporte. Nikola Tesla, quien junto con Thomas Edison fue el gran precursor de la electricidad, dedicó una buena parte de su vida a la búsqueda de una fuente de energía inagotable y gratuita. Según él, existía. Lástima que sus archivos personales todavía estén clasificados por alguna agencia del gobierno norteamericano.

Ojalá estas reflexiones sean premonitorias y pronto se anuncie el descubrimiento de una fuente de energía de acceso universal, es decir, gratuita. Pues así como hace escasamente un siglo se descubrieron el electromagnetismo, las ondas de radio, los rayos X y tantas cosas más, no podemos descartar que existan frecuencias inéditas, repletas de energía para una humanidad que necesita evolucionar – haciendo que esto deje de ser un valle de lágrimas – con energía para elevarse a los Campos Elíseos.

Gaspar Llinares

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