¡MINDUNDIS FUERA!

¡Mindundis fuera!

A estas alturas, nadie duda que estemos en crisis. ¡Ha costado lo suyo! Pero seguimos ‘liderados’ por mindundis. No hace falta citar nombres, están en la mente de todos. ¿Seremos capaces de lograr que se vayan de las organizaciones donde, atrincherados en unas leyes y normas hechas a su ventaja, medran?

Nuestra relativa debilidad demográfica – y, por tanto, en democracia, debilidad política – ha obstaculizado la materialización de políticas de todo tipo, ralentizándolas o paralizándolas. Aunque, todo hay que decirlo, el sentir de amplias capas de la sociedad ha sido tradicionalmente reacio al crecimiento demográfico. Si bien es cierto que la ausencia de políticas de inmigración que primen la calidad de los aspirantes, ha conducido a la aparición de ghettos y problemas sociales prácticamente desconocidos o ya superados por nuestra sociedad.

A ello se suma el nefasto ‘frentismo’ – enfrentamiento sistemático, como si la Guerra Civil aún estuviera librándose – y el ‘seguidismo sucursalista’ – se hace lo que dice la sede central, esté donde esté – de formaciones políticas, sindicales y empresariales de amplia implantación en nuestra sociedad.

En el fondo, esta clase de miopía de numerosos dirigentes públicos y privados nos ha conducido hacia un monopolio del liderazgo por la política. El cual hay que reconocer que ha contribuido positivamente a la inserción de nuestra sociedad en Europa y el mundo, así como a la consecución de unos estándares económicos realmente avanzados.

Pero este liderazgo político no es óbice, sino más bien al contrario un aliciente, para que constatemos la debilidad de los liderazgos social, intelectual y espiritual en nuestra sociedad. Pues las expectativas que tenemos depositadas en dicho liderazgo político, se verían muy probablemente multiplicadas si los restantes liderazgos fueran de idéntica naturaleza e intensidad.

En el campo empresarial no hemos sido proclives a la cooperación, salvo contadas excepciones. Las organizaciones empresariales – incluyendo las Cámaras de Comercio – no ejercen un liderazgo determinante. En general, predomina el individualismo que, en tiempos de crisis, se traduce en un ¡sálvese quien pueda!

En el aspecto intelectual, tenemos la engañosa preponderancia de la Universidad, que ha empeñado prácticamente todos sus esfuerzos en monopolizar la enseñanza superior, hacer obras y promocionar la ‘culturilla’ de izquierdas. Lo cual apenas le ha dejado aliento para otros menesteres endogámicos, investigación incluida. Las universidades privadas apenas ponderan todavía.

Hay, por lo demás, un sinnúmero de asociaciones y fundaciones, muchas de ellas de índole festiva o gastronómica, endogámicas y con influencia apenas local. Y, por último, una serie de medios de comunicación de amplia difusión, en general colgados de estructuras empresariales vinculadas a intereses políticos. Además de una serie de medios de ámbito local, o como máximo comarcal, y una difusión más bien limitada.

No podemos hablar de un liderazgo intelectual propiamente dicho, que ni siquiera la Universidad consigue entre quienes simpatizan con su orientación neoprogresista, trasnochada.

El liderazgo espiritual en nuestras tierras tiene una larga historia, habiendo ejercido durante siglos un papel hegemónico. Dada la preponderancia de la Iglesia Católica, pese a la libertad religiosa que recoge nuestro ordenamiento jurídico, el liderazgo natural correspondería al clero romanizante. Pero actualmente este liderazgo es débil o inexistente por una serie de causas relacionadas con un posicionamiento a la defensiva del catolicismo tradicional, excesivamente conservador, más la importación de otras confesiones que ha venido aparejada con la fuerte inmigración.

En momentos de crisis como los presentes, es cuando los liderazgos auténticos podrían marcar una gran diferencia, generando esperanza y cohesión para afrontar, solidaria y colectivamente, los retos y obstáculos que supone la presente circunstancia histórica. Pues las grandes dificultades forjan el carácter, tanto de hombres como de sociedades.

Asimismo, no deberíamos caer en la trampa que supone el denominado ‘reduccionismo materialista’: solo existen los problemas económicos, materiales, no hay nada más. Desde luego, hay que superar los retos económicos. Pero, además, esta crisis es una oportunidad para la solidaridad, la cohesión social, mejorar, superarnos como personas y como sociedad. Y, sobretodo, para trascender nuestras limitaciones humanas, con sentido de lo inmanente.

En consecuencia, es conveniente para nuestra sociedad que se generen nuevos liderazgos genuinos en todos los ámbitos, superando viejos antagonismos, buscando la cooperación y el consenso, con los cuales llegará la cohesión y la armonía, y el avance hacia el éxito.

En el terreno intelectual, la creación y potenciación de ‘think tanks’ al estilo del mundo anglosajón parece la vía más acertada. Universidades, medios de comunicación y asociaciones pueden seguir obrando como hasta el presente: cambiarlos consumiría excesiva energía. Dejemos de comprar periódicos que no hacen periodismo.

Esto no supone, ni mucho menos, abogar por el denominado ‘pensamiento único’. Sencillamente, supone partir de una base de intereses comunes de amplio espectro, revisables a plazo fijo, a partir de la cual puedan construirse políticas de diversa orientación y enfoque, aunque todas ellas coherentes con los acuerdos básicos.

Quizás sea necesaria una amplia renovación de las cúpulas de las diversas organizaciones, buscando personas nuevas – no necesariamente jóvenes – aunque con experiencia y representatividad.

Obviamente, cuando un poder no ejerce su liderazgo, su función corre el riesgo de ser canalizada por los poderes restantes. O lo que a menudo es peor, por poderes exteriores, como con demasiada frecuencia nos ha ocurrido. Ya va siendo hora que los planes y proyectos los hagamos, aprobemos y pongamos en práctica nosotros, los ciudadanos.

Es importante permitir que los ciudadanos, y en especial los dirigentes, hablen como individuos, expresando puntos de vista que pueden no ser los de sus organizaciones, y por consiguiente favorecen el libre debate. Todos deben ser libres de expresar sus propias opiniones, sin preocuparse por su reputación personal o sus deberes oficiales y afiliaciones. Protegiendo adecuadamente la libertad de interacción, que es necesaria para que la comunidad lleve a cabo sus deliberaciones.

Como siempre, será un grupo reducido quien haga los avances – los deberes – mientras los demás se limitarán a reclamar – sus derechos. El caso es que, al final, quien no haya hecho nada de nada acabará atrapado en su propia contradicción.

El ser humano camina, sin duda por inercia, hacia la oscuridad, a menos que ponga en marcha su voluntad hacia la luz de la verdad. La presente incertidumbre – que no conjunción – planetaria, paradójicamente, representa una preciosa oportunidad para despertar, individual y colectivamente. ¿La aprovecharemos?

Obviamente, todo será mucho más difícil con los mindundis mandando. Habrá que hacer un verdadero ejercicio de imaginación y un esfuerzo supremo de voluntad colectiva para echarlos. Y para que otros mindundis no aprovechen la ocasión para subirse al machito.

Quizá haya que potenciar la I+D+i en el sentido de poner en uso y valor un sistema sofisticado de detección y reeducación de mindundis. Pero, por el momento, quizás sea suficiente con hacerles un test de inteligencia, ya que presumiblemente no lo superaría ninguno, ni de lejos. No obstante, con esto de la igualdad que tantos promueven ciegamente, algún día no lejano un discapacitado psíquico regirá nuestros destinos. Algunos creen que ese día ya ha llegado…

Comienza el rodaje de la película de nuestro futuro. Y, como de costumbre, el Director manda: ¡MINDUNDIS FUERA!

Gaspar Llinares

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