PARADÓJICA INCERTIDUMBRE

PARADÓJICA INCERTIDUMBRE

La incertidumbre que proviene de la certidumbre, de la absoluta certeza de que – tras la presente metacrisis – ya nada será igual, no deja de ser paradójica. Y, por consiguiente, entrañablemente humana, pues el ser humano es en esencia una profunda paradoja noética. Aunque vivir permanentemente instalados en la paradoja sea excesivo para nuestras limitadas mentes humanas.

Los alquimistas dieron solución a ello mediante su inalcanzable piedra filosofal. Y eso es lo que ahora se precisa: una Alquimia del vil metal. Pues ha quedado en evidencia el supino grado de ignorancia económica de nuestros dirigentes, globalizando su patética incontinencia esfintérica.

Sin obviar la vaporización de ingentes masas de liquidez, pese a la aparente solidez de las instituciones respaldantes. Sólido, líquido, gaseoso… ¿virtual? Si no ha desaparecido ni se ha virtualizado, ¿dónde está la pasta? Y no me refiero a la pasta de dientes ni a la pasta italiana. Esto sí que es una paradoja y una incertidumbre.

Lo cierto es que, hoy por hoy, hay muchos sitios donde podrían esconderse cantidades astronómicas de vil metal sin transmutar, a la vez que conseguir unas plusvalías nada desdeñables. No tienen por qué estar muy lejos ni ser excesivamente conspicuos.

Pero, haga lo que haga Alí Babá – y sus secuaces – lo que realmente cuenta es lo que hagamos quienes todavía conservamos atisbos de humanidad. Pues, al final, no tendrán más remedio que reintroducirse en el sistema. Otra paradoja: quienes creen que manejan los hilos del sistema lo boicotean y hacen todo lo posible por hundirlo, esperando que reflote por generación espontánea para volverse a subir al nuevo sistema. ¿No hubiera sido más lógico y menos arriesgado seguir manipulándolo? También son seres humanos, mal que les pese…

El problema de fondo reside en que la actual ciencia económica maneja muy mal la variable ‘tiempo’. El tiempo es escurridizo, inasible. Y los avances tecnológicos no han hecho más que agravar este problema, acentuando las carencias teóricas de los modelos o prototipos imperantes, transmutándolos en inoperantes.

Ya se comienza a hablar de 2014 como posible fecha de entrada en la normalidad. ¿Pero de qué normalidad estamos hablando? Muchas cosas han de cambiar para que todo se ‘normalice’. Por una vez, nos encontramos en una encrucijada en la que, afortunadamente, ya no sirve aquello de “cambiémoslo todo para que todo siga igual”. Tanto es así que, de hecho, pese a la profundidad de los problemas, se han dilapidado esfuerzos titánicos encaminados a que nada cambie.

Muchos comienzan a despertar de su letargo, dándose cuenta – por primera vez en siglos – que el valor de una porción de suelo terrenal está en función de la existencia de derechos para construir, y de que alguien tenga interés en ello. En realidad, la tierra, sin la concurrencia de dichos factores, no vale nada, como ya sabía Cromagnon (el hombre de). Y los bancos sin enterarse.

El problema, como muchos lectores habrán adivinado, es más de evolución que de revolución. Mucha gente, por revolucionada que la pongamos, no logra centrifugar ni un celemín de materia gris. Suelen ser los más acérrimos defensores de la isonomía, lo cual es comprensible, aunque no sea lo más conveniente. Como siempre, un grupo reducido será quien haga los avances – los deberes – mientras los demás se limitarán a reclamar – sus derechos.

El caso es que, al final, quien no haya hecho nada de nada acabará atrapado en su propia contradicción. El ser humano camina, sin duda por inercia, hacia la oscuridad, a menos que ponga en marcha su voluntad hacia la luz. La presente incertidumbre planetaria, paradójicamente, representa una preciosa oportunidad para despertar, individual y colectivamente. Aprovéchenla.

Gaspar Llinares

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