DEL EXPOLIO A LA RESPONSABILIZACIÓN

DEL EXPOLIO A LA RESPONSABILIZACIÓN

No hace tanto tiempo que el hecho de ganarse la vida trabajando estaba mal visto entre las clases pudientes. La Biblia – cuando Adán y Eva son expulsados del Paraíso – establece como castigo: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Es la maldición bíblica, trabajar. ¡Y ahora nos preocupa el paro!

Pero, claro está, nunca ha sido sencillo vivir sin trabajar. Para ello, tradicionalmente ha sido necesario disponer de extensas propiedades, así como medios humanos, para extraer sus frutos mediante la agricultura, minería y actividades artesanales. ¿Y como se obtenían estos latifundios y mano de obra esclava? Pues, por lo general, mediante la espada, lo que se ha venido en denominar ‘derecho de conquista’. También, aunque menos, mediante el comercio. Sin olvidar la extorsión de altos funcionarios. Y el estamento religioso. En definitiva, expolio y esclavitud, que es el peor de los expolios.

Ya en sus orígenes, las tribus humanas competían – guerreaban – por los mejores pastos y aguas. Y vejaban y esclavizaban a quienes salían derrotados en el envite. Esquema que ha seguido vigente hasta época muy reciente. De hecho, todavía no se han conseguido erradicar sus últimos vestigios.

Así, hasta anteayer, el hecho de ser pillado in fraganti trabajando suponía la degradación social inmediata, con todas las consecuencias que ello acarreaba, económicas, de exclusión social… Y que, en una mayoría de casos acababa en la emigración forzosa – no deseada – o el suicidio. Pues solo había dos posibilidades, pertenecer a las clases dominantes o a la pobreza.

Es la aparición y posterior predominancia de las clases medias lo que inicia el proceso que podríamos denominar de ‘dignificación del trabajo’. Así, el trabajo ‘digno’ pasa a ser un derecho, pues el trabajo dignifica al hombre. Y las clases dominantes comienzan a trabajar, o a hacer como que trabajan, para no ser mal vistos. Pues la exclusión social es muy peligrosa, como hemos visto y todos saben.

¿Y colorín, colorado…? Pues no. El problema de fondo – el expolio – sigue vigente, si bien de forma insidiosa, más sofisticada. Con el fin del Ancien Régime – Antiguo Régimen – y, por tanto, las monarquías absolutas, se origina un vacío estructural: político y territorial. Este vacío es pronto aprovechado por los líderes de la clase media emergente, entre los que se intercalan algunos elementos de la nobleza terrateniente y del clero. Se establecen equilibrios entre los caciquismos – redes de clientelismo político – rurales y los poderes centrales de los estados. Y el expolio continúa.

Quienes se encaraman al poder, bien sea territorial o central, se creen con todo el derecho a expoliar. Eso sí, de una forma cada vez más sibilina, subterránea, apenas detectable. Los avances de la sociedad, la democratización real, van contra los intereses de estos expoliadores, que ahora son bautizados con un nuevo vocablo ignominioso, oprobioso: corruptos.

Pero, ¿por qué el expolio – la corrupción – sigue siendo uno de los grandes problemas de fondo? Por un lado, es innegable que existe una arraigada tradición de expolio y explotación obscena. Que se materializa en verdaderas sagas familiares, tanto en la aristocracia y alta burguesía como en el caciquismo rural y pequeño burgués. Por otra parte está la tradición expoliadora de ciertas profesiones y estamentos, como el religioso. Y, por último, los emuladores recién llegados, que con frecuencia son los más evidentes, los que suelen “pagar el pato” por atrevidos.

No quiero dejar pasar la ocasión de citar a una clase muy peligrosa de expoliadores, los que actúan a gran escala, incluso global. Son los que se camuflan tras diversas instituciones financieras o políticas de ámbito mundial, tejiendo complejas marañas de intereses entrecruzados insertas en estrategias de largo recorrido.

Pero la propia evolución del acontecer humano hace que el expolio tenga los días contados, mal que les pese a los corruptos. Pues hemos pasado de no querer trabajar a querer trabajo, ¡y a preocuparnos por el paro! Del integrismo religioso al laicismo. Del militarismo al pacifismo. De la dignidad del conquistador al oprobio del corrupto. Del todo vale a tener que poder justificarlo todo. Del orgullo por la genealogía al prestigio y valor de la persona hecha a sí misma. De la opresión a la libertad. De Luis XVI a Steve Jobs.

Para quien quiera verlo, es obvio que caminamos hacia una sociedad global basada en la libertad e igualdad de oportunidades del individuo, así como solidaria con los menos dotados o afortunados, y respetuosa con el medio ambiente y los recursos naturales. En la que los abusos – el expolio, la corrupción – no tienen cabida, han perdido todo sentido. En la que el ser humano es, quizás por primera vez en la historia, dueño de su propio destino en un sentido amplio, en la que el objetivo es: ser responsable, de uno mismo y hacia los demás.

Por supuesto, las fuerzas de la reacción son muy poderosas, como hemos visto. Pero cuando llega el momento nada puede parar los avances, como ha demostrado la historia de la humanidad: caída del Muro de Berlín, fin del comunismo… Ahora toca superar esta crisis que comenzaron algunos expoliadores, y que se les está yendo o pronto se les irá de las manos. Y después viene el momento de la responsabilización individual a escala global.

Es una misión de todos, nuestra. Pues, como decía Edmund Burke: “Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada.

 Gaspar Llinares

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