TRIPLE DIP 2007-2017???

Dadas las presentes circunstancias, considero que lo más acuciante es dedicar una profunda reflexión a la grave situación actual – coyuntura – e intentar extraer previsiones de futuro – prospectiva – que nos faciliten el proceso de toma de decisiones, con tanto fundamento como permita el volátil devenir de las cosas.

La realidad presenta múltiples capas superpuestas, como un hojaldre. Por consiguiente, aunque sea relativamente sencillo – que no fácil – ver lo que ocurre en una de las capas de la realidad, no lo sea tanto plasmar una foto fija que sintetice lo que está pasando en todas ellas a la vez. De momento, los ordenadores todavía son incapaces de desarrollar estas tareas, conjugando análisis y síntesis simultáneos. Por no hablar de la prospectiva, que yuxtapone presente y pasado para inducir futuro.

El fenómeno principal que caracteriza nuestro presente es la prolongada recesión – Long Recession – que se aproxima a su segundo mínimo – double dip – de forma inexorable, afectando especialmente a la Unión Europea y con máxima intensidad en países como España, Grecia, Portugal, Irlanda…

Al mismo tiempo se está produciendo una aceleración tecnológica, curiosamente propulsada por la propia crisis: en unos mercados contractivos, para maximizar los beneficios se requiere acortar el ciclo de vida de los productos, incorporando otros nuevos, con mayores prestaciones, generando nuevas necesidades en los consumidores potenciales. Pero ello solo es posible si existe una maquinaria de innovación – I+D+i – perfectamente engrasada. Por ejemplo, es difícil imaginar que una commodity como la leche pueda renovarse. Al contrario, la preferimos tan natural como sea posible. En cambio, los mercados de derivados lácteos – e.g. yogures – sí que presentan una renovación apreciable en el tiempo, que se traduce positivamente en beneficios empresariales.

Así, tenemos que los países más afectados por la crisis son economías avanzadas pero excesivamente ‘maduras’, en las que el peso del elemento innovador interno es marcadamente marginal. En ellos las inercias culturales y sociales han pesado – y pesan – más que la necesidad de superar los retos del tercer milenio. Es lo que se ha dado por denominar en su conjunto como ‘falta de competitividad’.

En el caso particular de España, hemos presenciado una súbita expulsión del mercado – laboral y empresarial – de millones de personas, sin que apenas haya variado el PIB nacional. Matemáticamente, esto supone un drástico incremento de la productividad. Pero no ha implicado ningún avance hacia la potenciación de los elementos innovadores de nuestra economía o sociedad. Es decir, ha habido un inmenso ajuste que solo se ha traducido en miseria para una cuarta parte del país, empobrecimiento de casi todos los demás vía subidas de impuestos y congelaciones salariales y de precios, y cabría preguntarse si alguien de aquí ha salido ganando con todo esto. Pero el peso de la inercia ha impedido que se tome el rumbo adecuado de una vez por todas.

España, Irlanda, Portugal e Italia, tienen una historia marcada por su catolicismo, que las separa del resto de Europa desde la Contrarreforma. Francia supo mantenerse entre dos aguas. Este hecho ha generado unas sociedades muy ancladas en la ortodoxia y los privilegios, no solo los de clase, sino los de todo tipo: políticos, sindicatos, funcionarios, universidades, empresas públicas, fundaciones, asociaciones… Esto explica que, aún siendo la renta per cápita relativamente elevada, predominen los salarios bajos, los mileuristas. La meritocracia es mera utopía, es infinitamente mejor tener buenos contactos. Todo el mundo nace buscando un enchufe. Quien no lo tiene, lo desea. Y una vez alcanzada la meta, que se esfuercen otros. Los dirigentes de todo tipo también los seleccionamos de este modo – el dedazo – y así nos va.

De momento la emigración es lenta, aunque ya ha comenzado. Sobre todo por parte de jóvenes con su título universitario bajo el brazo. Pero es la salida lógica para el numeroso contingente excluido de los mercados.

Como recordaremos, la primera embestida de la crisis afectó sobre todo a las entidades financieras, que requirieron ingentes recursos públicos para su saneamiento. La segunda embatida de la crisis se ha dirigido contra la deuda y déficit públicos, y en eso estamos. Incidentalmente, en España presumimos al principio de la crisis de tener un sistema financiero sólido… y gastamos el endeudamiento público en obras y acciones superfluas. Ahora nos toca sanear bancos, además de sanear cuentas públicas

Volviendo al mundo en general, lo sorprendente del caso es que el endeudamiento público se empleó básicamente en el saneamiento del sistema financiero, además del fomento de la reactivación económica. Es decir, los terrícolas de a pie estamos soportando y sufriendo ahora una situación que en su origen fue responsabilidad de unos cuantos – más bien pocos – millonarios, que siguen siendo tanto o más millonarios.

Como reza un antiguo proverbio: “Los astros inclinan pero no obligan”. En definitiva, el ser humano tiene libre albedrío, y una capacidad admirable para la superación de circunstancias muy adversas. Podemos lamentarnos… un instante, para enseguida levantarnos. Pero el conocimiento es imprescindible, First Understand, Then Conquer, o sea, Primero Comprende, Entonces Conquista. Y en eso estamos, en comprender el ahora para conquistar nuestro futuro.

Siguiendo el modelo de la realidad compuesta por múltiples capas superpuestas, no podemos descartar que una de ellas contenga conspiraciones dirigidas por la avaricia, el ansia de poder o ambas. No hace falta ser un lince para deducir que, con las sofisticadas herramientas financieras que dispone el mercado, es posible obtener ingentes beneficios apostando contra diversas instituciones. Antes contra bancos, ahora contra gobiernos. ¿Y después…? Luego lo vemos.

Pero, ¿y la economía real? De momento nadie parece acordarse de ella, excepto por los datos del desempleo, en unos países peor que otros. El debilitamiento del sistema financiero, y ahora de los estados, así como los elevados niveles de déficit y deuda públicos, ha conducido a una disminución general del crédito a particulares y empresas.

Aún con una economía boyante, hay una tasa de reposición de empresas. Es decir, siempre hay empresas que desaparecen o cierran por diversas causas, que son sustituidas por otras de nueva creación que a su vez absorben la fuerza laboral liberada por las primeras. Y ahora, ¿por qué no se crean tantas empresas? Muy sencillo, porque está demostrado hasta la saciedad que el crédito es el principal motor de creación de nuevos proyectos empresariales. Y no hay crédito apenas, y menos para nuevos proyectos, sobre todo si son innovadores, es decir, arriesgados, heterodoxos. Pues el sistema financiero tiende a la ortodoxia, que es otra palabra para definir la inercia a nuestros efectos. Consecuencia: desaparecen empresas, y por tanto empleos, que no se reponen con la creación de nuevas empresas en número suficiente por la contracción del crédito, o Credit Crunch.

En síntesis, estamos en un mundo en que únicamente las sociedades avanzadas con un notable componente innovador capean el temporal de forma más o menos solvente. Y en el que las sociedades avanzadas instaladas en la ortodoxia – inercia – lo sufren con su mayor intensidad. Los países emergentes, pues eso, bastante tienen con seguir emergiendo, luchando por equilibrar las insufribles tensiones que afloran en las sociedades que han estado aletargadas in illo tempore. Y los demás países, olvidados, como siempre.

Eppure si muove. Aunque con esta prolongada recesión está calando un germen de tristeza generalizada, que debemos denunciar y combatir. Nunca debemos darnos por vencidos. Pues el alma humana hará esfuerzos inconcebibles para seguir viviendo, y disfrutando, incluso en medio de las más adversas calamidades, como demuestra la historia.

El caso es que nos encontramos con unas instituciones públicas – estados, municipios, etc. – agotadas y un sistema financiero tambaleante. Situación que se agudizará en los próximos trimestres, en unos países más que en otros, hasta que la dureza de los ajustes lleve a una lenta recuperación de las economías, al liberar algo más de crédito al sector privado, que es el que mueve la economía real.

Pero con un estado e instituciones financieras tan sumamente debilitados, cualquier gran empresa será presa fácil de los depredadores profesionales. No habrá nadie que pueda o quiera ayudar. Adiós a los planes de reconversión industrial, a las subvenciones o a la nacionalización de empresas para salvar puestos de trabajo. Ya no será factible en un futuro no lejano. Y este podría llegar a ser el tercer hundimiento – triple dip – de la crisis.

La debilidad del crédito ha llevado aparejada la caída de los valores bursátiles, más allá del descenso en las cotizaciones provocado por los resultados empresariales. Lo cual hace que el valor bursátil de muchas corporaciones se acerque a un precio de ganga, incluso si sus negocios van viento en popa. Hasta ahora, prácticamente todos los estados defendían la titularidad nacional de sus empresas insignia – national champions – frente a la intrusión o toma de posición hostil de operadores extranjeros. Pronto ya no tendrán fuerza para oponerse, salvo superpotencias militares como USA y China, y quizás Rusia, aunque esta última por otros motivos que sería prolijo enumerar.

El proceso quizás se esté ya preparando con las concentraciones de empresas, como la concentración bancaria reciente y prevista. Pues es más sencillo y rentable hacerse con una macrocorporación que con muchas para después fusionarlas. Mejor ir forzando a que ellas mismas se fusionen. Y después, como con bancos y gobiernos, atacando el punto débil, incontrolable: el crédito externo, sus clasificaciones, sus diferenciales de tipo de interés, sus vencimientos… Hasta que estén al borde del abismo – default o suspensión de pagos – para entonces aparecer como salvadores, adquiriéndolas a precio de risa. Después, por último, procederán a su puesta en valor, eliminando a los pequeños y medianos competidores sectoriales por el mismo procedimiento de provocar default, e inyectando liquidez – ahora sí – a sus recién adquiridas joyas empresariales.

Realmente, el verdadero triunfo sería este, el dominio a escala global de una serie de sectores estratégicos de la economía real. Y dominando la economía real, cuya titularidad está actualmente muy dispersa, es como realmente se domina el poder económico mundial. El caso de la OPEP – ahora devaluada – es paradigmático de lo expuesto.

Aunque dicho proceso inevitablemente provocaría fuertes convulsiones, pues sería generalizado, como ahora son los ataques a la solvencia de los países reflejado en el diferencial de su deuda, y antes con las instituciones financieras. Al principio, desde luego, hubo una burbuja de activos – entre ellos, el ladrillo – pero la explosión de una burbuja no explica por sí misma la complejidad de los acontecimientos que estamos viviendo. Quizás alguien vio los beneficios – y las debilidades ajenas – que podrían derivarse de la explosión de una burbuja inmensa, global, y favoreció su génesis. El resto es historia.

En definitiva, estamos asistiendo a un esquema sencillo – quién ha dicho que lo sencillo sea fácil – aplicado de forma sistemática a diversos tipos de operaciones de dimensión global:

Ataque a la solvencia ► bajada de clasificación ► aumento del tipo de interés ► dificultades de financiación ► bajada de clasificación ► ajustes en la institución atacada ► imposibilidad de renovar deuda ► bajada de clasificación ► bono basura ►►► RESCATE o DEFAULT… ► Objetivo cumplido: institución noqueada o adquisición de corporación, según sea el caso ►►► Y a por otra…

En realidad esta hipótesis de la trama conspirativa no es en absoluto imprescindible, ni mucho menos. Basta con tener una cabeza bien amueblada, buena preparación, información relevante y acceso a los resortes de liquidez a gran escala. Con estas premisas, y dadas las herramientas financieras disponibles, es perfectamente legal obrar de la manera antes expuesta. Entonces, ¿por qué no hacerlo? De hecho, para muchos, lo incorrecto sería, pudiendo, no hacerlo. ¡Nunca se perdonarían a sí mismos la irrepetible oportunidad perdida!

Aún así, ¿es evitable? ¿Hay margen de maniobra? La respuesta es positiva, y precisamente por eso he lanzado este aviso para navegantes. Resulta evidente que el nudo gordiano reside en la liquidez, particularizada en los créditos financieros, la cual puede volverse en contra nuestra a poco que el potencial oponente tenga músculo económico, además de un buen conocimiento de los resortes y herramientas financieras de nuevo cuño. Los clásicos de las escuelas de negocios ya decían que en el mundo de la empresa hay tres grandes prioridades: liquidez, liquidez y liquidez. Volvamos a los principios, pues.

Por tanto, lo primero que debe hacerse es ponernos en una situación de máxima liquidez y mínimo crédito bancario. Realizando – vendiendo – al mejor precio posible todos aquellos activos que no sean imprescindibles, o que no pertenezcan al Core Business o núcleo del negocio. Es evidente que firmas como Apple Inc., con unas disponibilidades de efectivo superiores a los 100.000 millones de dólares, ya han hecho los deberes. De hecho, una cosa es precisar crédito para iniciar o expandir un negocio, y otra muy distinta ser adictos al crédito. Hemos de ser conscientes que el crédito crónico nos hace ahora particularmente vulnerables.

Si nuestra organización tiene capacidad tecnológica o innovadora, debemos potenciarla al máximo, acelerando la salida al mercado de nuevos productos y retirando los ya excesivamente maduros. Ahora mismo, esto es prioritario frente al marketing, o como poco equivalente. Las empresas actualmente punteras dominan la triada marketing-diseño-innovación.

Si, pese a todo, seguimos con una posición crediticia potencialmente inmanejable, ¿por qué no vender ahora que todavía podemos? En estos momentos debemos contemplar todas las posibilidades, y tener la valentía de proceder en consecuencia. Caso de no vender – o no encontrar comprador a precio razonable – tener claro que nadie va a venir en nuestra ayuda, dado el debilitamiento general del sistema. En este caso, mientras esperamos que el porvenir resuelva nuestra suerte, lo lógico es mejorar en lo posible nuestra posición personal, nuestros ahorros particulares.

Y nuestros propios ahorros deben estar adecuadamente distribuidos. Si los concentramos en una única entidad financiera nos hacemos vulnerables a la suerte de dicha entidad. Debemos dar preponderancia a la seguridad frente a la rentabilidad.

Por último, debemos ejercer influencia social – no olvidemos aquí el papel de las redes sociales – para que se aceleren los cambios del actual sistema. Pues no olvidemos que existe un consenso generalizado de que estamos ante una crisis sistémica. ¡Pero el sistema no ha cambiado! Y hay que comenzar a cambiarlo ya, de inmediato, antes de que nuestra vida cambie irremisiblemente a peor.

La situación es reversible, cambiando el sistema de pies a cabeza. Se ha escrito mucho al respecto, pero ese es otro tema que dejaré para más adelante… ¡Si Dios Quiere!

Gaspar Llinares

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