HISPANOFOBIA: LA LEYENDA NEGRA

LA LEYENDA NEGRA

la leyenda de la España inquisitorial, ignorante, fanática, incapaz de figurar entre los pueblos cultos, dispuesta siempre a las represiones violentas, enemiga del progreso y de las innovaciones… la leyenda que habiendo empezado a difundirse en el siglo XVI, a raíz de la Reforma, no ha dejado de utilizarse en contra nuestra desde entonces…

Julián Juderías, La Leyenda Negra, 1914

Extractos del blog La Leyenda Negra:

¿Qué es la Leyenda Negra?

En 1913 Julián Juderías y Loyot, funcionario del Ministerio de Estado, gana un concurso literario convocado por «La Ilustración Española y Americana» con el trabajo titulado «La Leyenda Negra y la verdad histórica». Juderías acuña la expresión «Leyenda Negra» para referirse a la visión negativa que en el extranjero se tenía de España, de los españoles, de su historia y de su labor en el mundo:

«Por leyenda negra entendemos el ambiente creado por los fantásticos relatos que acerca de nuestra Patria han visto la luz pública en casi todos los países; las descripciones grotescas que se han hecho siempre del carácter de los españoles como individuos o como colectividad; la negación, o, por lo menos, la ignorancia sistemática de cuanto nos es favorable y honroso en las diversas manifestaciones de la cultura y del arte; las acusaciones que en todo tiempo se han lanzado contra España fundándose para ello en hechos exagerados, mal interpretados o falsos en su totalidad, y, finalmente la afirmación, contenida en libros al parecer respetables y verídicos (…), de que nuestra Patria constituye, desde el punto de vista de la tolerancia, de la cultura y del progreso político, una excepción lamentable dentro del grupo de las naciones europeas. En una palabra, entendemos por leyenda negra, la leyenda de la España inquisitorial, ignorante, fanática, incapaz de figurar entre los pueblos cultos lo mismo ahora que antes, dispuesta siempre a las represiones violentas; enemiga del progreso y de las innovaciones; o, en otros términos, la leyenda que habiendo empezado a difundirse en el siglo XVI, a raíz de la Reforma, no ha dejado de utilizarse en contra nuestra desde entonces y más especialmente en momentos críticos de nuestra vida nacional.» (Juderías, 23-24).

Será a partir de la publicación del libro de Juderías cuando la expresión «Leyenda Negra» sirva para referirse a todo esa serie de acusaciones injustas que sobre la historia de España habían venido vertiendo el resto de naciones europeas.

Si actualmente, desde una historiografía mínimamente objetiva, podemos hablar precisamente de «Leyenda Negra» es porque se ha demostrado que tales acusaciones consisten básicamente en exagerar, tergiversar, descontextualizar y falsificar la obra política de España y sus gobernantes, y muy especialmente la relativa a la época en que con mayor poderío internacional se desplegó la «Monarquía Hispánica» (bajo los reinados de Carlos V y Felipe II). Es por ello que Juderías caracterice la Leyenda Negra antiespañola por dos elementos principales: la omisión y la exageración. Omisión de todo lo que pueda favorecer a España y exageración de cuanto pueda perjudicarla. A pesar de todo, una de las características que distingue a la Leyenda Negra de otras similares es su enorme influencia y persistencia en el tiempo. Si establecemos su origen en el siglo XVI aún hoy día, cuatro siglos después, se notan sus efectos.

Una consideración sobre la Leyenda Negra, altamente significativa, es que sólo España tiene leyenda negra y no la tiene, en cambio, ninguna nación del ámbito protestante y ni siquiera la católica Portugal, a pesar de haber dado lugar a un considerable imperio colonial.  ¿A qué se debe esto?

España se fragua política y territorialmente en pugna contra el Islam. Y en su labor de recubrir los territorios ocupados por éste adopta unos planes y programas (ortograma) imperialistas que hacen suya la defensa de los valores de la religión católica al mismo tiempo que se valen de ellos política e ideológicamente. España se va convirtiendo en un «Imperio Católico Universal», un Imperio que pretende extender su lengua, sus costumbres, su moral, su religión y sus instituciones al resto de los pueblos y, en especial, a los territorios americanos recién descubiertos. En dicho proceso España se ve obligada a enfrentarse a la Reforma protestante, que es utilizada política e ideológicamente por las nacientes potencias europeas para debilitar a la Monarquía Hispánica en una inevitable dialéctica de lucha entre Estados.

Es justamente en dicho contexto de enfrentamiento entre la católica España y las emergentes potencias protestantes cuando en el bando protestante se genera la Leyenda Negra antiespañola, muy especialmente en Inglaterra, Francia y los Países Bajos. El gran poder del Imperio Católico español en el siglo XVI genera odios y envidias y, en este sentido, la Leyenda Negra es, como dice Álvaro de Maortua, «a la vez anticatólica y antiespañola».

La Leyenda Negra se desarrolla principalmente en torno a las siguientes acusaciones:

  • La injusta expulsión de judíos y musulmanes de los reinos hispanos.
  •  Las fanáticas persecuciones de herejes y disidentes realizadas por la Inquisición española.
  •  Las belicistas empresas imperiales de la monarquía católica española en Europa a lo largo de los siglos XVI y XVII (y muy especialmente bajo el reinado de Felipe II) con el fin de erradicar el protestantismo de sus territorios.
  •  La sistemática labor de rapiña, aniquilación de culturas, matanza y esclavización de indígenas durante la conquista de América.
Todas estas denuncias se pueden repartir entre una «leyenda negra europea», orientada a atacar a la Inquisición española y a Felipe II (en su comportamiento personal y en su política imperial) y una «leyenda negra americana» destinada a menospreciar y difamar la conquista española del Nuevo Mundo.

Si bien estas acusaciones recaen, en un principio, sobre el aspecto político de España, es decir, el relativo a su acción en el mundo, simultáneamente se amplían también al aspecto social: el referente al carácter y a las costumbres de los españoles. Por otra parte, el hecho de que entre los primeros y más activos propagandistas se encuentren personajes de nacionalidad española ayuda a dar verosimilitud a tales inculpaciones.

Efectivamente, los panfletos que dieron inicio a la Leyenda Negra fueron elaborados, curiosamente, por dos españoles. La «Brevísima relación de la destrucción de las Indias» (1542) escrita por el misionero dominico fray Bartolomé de las Casas fue decisiva en el desarrollo de la «Leyenda Negra americana», la relativa a la labor española de exterminio y saqueo del Nuevo Mundo. Por otra parte, las «Relaciones» (1594) escritas por Antonio Pérez (antiguo secretario de Felipe II huido a Inglaterra), en las que acusa al rey de adulterio y del asesinato de su hijo el príncipe Don Carlos, dieron pie a la Leyenda Negra de Felipe II, elemento fundamental de la «Leyenda Negra europea».

Si bien, el origen de la Leyenda Negra hay que situarlo en el siglo XVI, cuando el Imperio español desplegaba su máxima potencia, será en siglos posteriores, paralelamente al declive y decadencia del mismo, cuando se generaliza y adquiere un desarrollo más elaborado. En este sentido son determinantes las críticas a España de los ilustrados franceses del siglo XVIII (Montesquieu, Voltaire); la visión exótica que de España y los españoles tienen los viajeros románticos del siglo XIX (especialmente tras la Guerra de Independencia); el empleo que de la Leyenda Negra hace la naciente potencia estadounidense con el fin de ocultar sus propias culpas y de arrebatar a España sus últimos territorios ultramarinos y, como consecuencia, la asunción de la Leyenda Negra por los propios españoles a partir del desastre del 1898.

Julián Juderías, a principios del siglo XX, se da cuenta de que «culpa principalísima de la formación de la Leyenda Negra la tenemos nosotros mismos. La tenemos por dos razones: la primera, porque no hemos estudiado lo nuestro con el interés, con la atención y con el cariño que los extranjeros lo suyo, (…) hemos tenido que aprenderlo en libros escritos por extraños e inspirados, por regla general, en el desdén a España; y, la segunda, porque hemos sido siempre pródigos en informaciones desfavorables y en críticas acerbas. No podemos quejarnos, pues, de la leyenda antiespañola. Ésta no desaparecerá mientras no nos corrijamos de esos defectos». (Juderías, 27).

Un siglo después vemos con amargura como esos defectos no se han corregido sino que se han agravado si cabe. La reivindicación ideológica de la «España Católica e Imperial» durante elperiodo franquista ha hecho que, con la llegada de la democracia, la Leyenda Negra haya vuelto a ponerse en marcha a toda máquina. La asociación, casi refleja, entre «franquismo» e «Imperio español» hace que se den por válidas todas las antiguas acusaciones contra España. Ante cualquiera que se considere «progresista» la sola mención de la palabra España provocará una mezcla de desagrado y de vergüenza de modo que su uso quedará prácticamente restringido a las ocasiones en las que las selecciones deportivas españolas participen en competiciones internacionales. En la mayoría de los casos, especialmente los que tengan una connotación política, se preferirá el uso de la expresión «Estado español».

De tal absurdo han sabido sacar buen provecho los nacionalismos separatistas catalán, vasco y gallego que, con la inestimable alianza de las izquierdas políticas, amenazan con poner en grave peligro la unidad de España. Y es que «culpa principalísima» de esta situación la tienen dichas izquierdas (PSOE e IU) que, tras la caída de la Unión Soviética, han ido derivando hacia posiciones «éticas» en las que se entremezclan viscosamente ideas tan oscuras, confusas y metafísicas como «Humanidad», «Cultura», «Tolerancia», «Democracia» y «Paz», convenientemente aderezadas con buenas dosis de «falsa conciencia» y «mala fe».

El gran aliado de la Leyenda Negra, a lo largo de nuestra historia, es el tradicional complejo de inferioridad de los españoles «que nos lleva a rechazar nuestras propias cosas como si fueran las más viles y apocadas del universo y a preferir las extranjeras por el mero hecho de serlo». Tal como dice Juderías, «reconocer nuestros defectos es una virtud, pero admitir y dar por buenas las crueldades que nos atribuyen y creer que todo lo nuestro es malo, es una necedad que sólo cabe en cerebros perturbados por un pesimismo estéril y contraproducente y por una ciencia que no han logrado digerir bien». (Juderías, 19-20).

Julián Juderías no es el primero en reivindicar la labor de España en el mundo frente a las injustas críticas recibidas desde el extranjero. Él mismo cita como pionero en la defensa de los valores hispanos frente a los ataques de las demás naciones, a Francisco de Quevedo, que en el siglo XVI deja inacabada una obra similar a la de Juderías titulada «España defendida y los tiempos de ahora de las calumnias de los noveleros y sediciosos». Otros que trabajaron en ese sentido, por no citar sino a los autores más conocidos, fueron Saavedra Fajardo, a finales del siglo XVII, José Cadalso y el padre Forner en el XVIII, Marcelino Menéndez Pelayo, Juan Valera y Gumersindo Laverde, en el siglo XIX, y ya en el siglo XX, continuando la labor de Juderías, Rafael Altamira, Ramón Menéndez Pidal, Claudio Sánchez Albornoz, Antonio Domínguez Ortiz, Vicens Vives, etc.

Si bien tomamos como base historiográfica los datos que pueden encontrarse en distintos libros y sitios de Internet dedicados a la Leyenda Negra, pretendemos aportar una interpretación de los mismos desde el punto de vista de la Filosofía de la Historia del «materialismo filosófico» expuesta por Gustavo Bueno, principalmente en su libro «España frente a Europa».

La defensa más habitual de España frente a los embates de la Leyenda Negra se da desde posiciones confesionales católicas que, si bien nos parecen muy honrosas, se muestran insuficientes debido a su base argumental idealista que deriva fácilmente en «leyenda rosa». Optamos pues por una defensa con «artillería pesada» basada principalmente en la reivindicación por parte del materialismo filosófico de las Ideas de «Imperio» frente a «Humanidad», «Civilización» frente a «relativismo cultural» e «Hispanidad» frente a «Europeísmo».

España se forja en pugna «imperialista» contra el Islam

España, como unidad «compleja», ha tenido identidades cambiantes a lo largo de la Historia. En tiempos prehistóricos, cuando el territorio peninsular estaba habitado por una serie de bandas, tribus o pueblos que interaccionaban entre sí más o menos violentamente, presentaba cierta identidad visto desde fuera, por ejemplo desde el punto de vista de los invasores fenicios, cartagineses o romanos. Pero dicha identidad no era política sino a lo sumo geográfica o antropológica.

España comienza a presentar una unidad e identidad políticas a partir del momento en que pasa a ser parte del Imperio romano. Con las invasiones bárbaras la Hispania romana, transformada ahora en Hispania visigoda, refuerza su unidad al quedar claramente diferenciada de otros reinos bárbaros resultantes de la fragmentación del Imperio romano. Y además de su nueva identidad como reino visigodo adquiere la de ser también una parte de la Cristiandad.

La invasión musulmana que tiene lugar a partir del año 711 descompone la unidad política interna lograda por la monarquía goda y con ella su identidad. Comienza entonces la labor de recomposición de la unidad perdida (la de la Hispania romana y visigótica). Algunos fragmentos de esta antigua unidad se constituyen en células de resistencia frente al invasor. Precisamente la creada en Asturias en torno a Don Pelayo desarrolla inmediatamente una estrategia sostenida consistente en «recubrir» paso a paso y en sentido contrario los territorios arrebatados por el Islam.

Es en este proceso de recubrimiento cuando se origina lo que Gustavo Bueno denomina un «ortograma imperialista», es decir, una estrategia, plan o proyecto objetivo (por encima de las voluntades de los sujetos que lo llevan a cabo) consistente en ir abarcando más y más territorios a costa del invasor musulmán e ir organizándolos jerárquicamente. Ideológicamente dicho ortograma se justifica a través de la Idea de Reconquista y de la asunción del título de Emperador por parte de los monarcas asturianos y luego por los leoneses y castellanos.

Durante la Edad Media los distintos reinos, condados o principados cristianos peninsulares se vieron obligados a colaborar entre sí para defenderse de los reinos musulmanes. Y aunque hubo alianzas, pactos y relaciones de vasallaje o amistad entre reinos musulmanes y reinos cristianos jamás se produjeron alianzas matrimoniales entre ellos. Los reinos cristianos peninsulares medievales no forman un mero conglomerado de reinos sino que se da entre ellos una cierta unidad política (koinonía) marcada por el «ortograma imperialista».

Este impulso imperialista comienza por «reconquistar» la perdida unidad visigoda pero, una vez recuperada la antigua unidad, marcada por los límites de la península Ibérica, el «ortograma imperialista» continúa más allá de lo que corresponde a la identidad hispánica original. Debe pasar, pues, a África, donde el Islam sigue viviendo, pero también avanza hacia Poniente (hacia el océano Atlántico), con el fin de circunvalar la Tierra (que por entonces ya se sabía que era esférica) y «pillar a los turcos por la espalda».

Y es que el «ortograma imperialista» no puede detenerse una vez recuperada la unidad originaria peninsular. No se trata de una mera estrategia defensiva frente al Islam invasor. Es un proyecto de expansión indefinido que no sólo ha de «recuperar» el territorio perdido sino que ha de «recubrir» por completo al invasor musulmán. Esta actitud sólo puede ser entendida desde la tesis según la cual entre el Cristianismo y el Islam no cabe diálogo posible, son incompatibles.

La gran importancia que para nosotros tiene la identidad que por entonces España adopta como «entidad imperialista» (en su intento por detener, expulsar y finalmente recubrir al Islam) radica en que lo que hoy llamamos España, su identidad actual, deriva directamente de allí. Mientras que la Hispania romana o visigótica ya eran España pero sólo en un sentido material, es a partir del momento en que los primeros reyes asturianos adoptan el ortograma imperialista cuando «España comienza a existir como entidad política, con identidad plena».

Como dice Gustavo Bueno en «España no es un mito»:

«La unidad conformadora de España fue, según esto, desde el principio, una unidad expansionista (imperialista). (…) Los reyes de Oviedo fueron precisamente quienes conformaron este tipo de unidad expansionista (imperialista) sobre la cual se moldearían más tarde la unidad y la identidad de España: cuando el reino de Alfonso I el Católico, el de Alfonso II el Casto y el de Alfonso III el Magno fue creciendo y cuando se expandió a través de Alfonso VI y Alfonso VII el Emperador, hasta el punto de que pudo comenzar a ser percibido, desde fuera (etic), desde Provenza, como una realidad formada no por hispani, sino por españoles.

Pero esta unidad conformadora, así moldeada por los nuevos hechos, sólo pudo llevarse a término porque pisaba sobre una realidad conformada previa, a saber, la unidad lograda por los visigodos y, antes aún, por los romanos». (pág. 70-71)

«La idea de Re-conquista define con precisión el proceso mediante el cual España comienza a existir como entidad política, con identidad plena, pero con unidad no fija, sino en expansión constante e indefinida, en virtud precisamente de su identidad católica, universal. Una expansión que debería recuperar, ante todo, la cuenca ibérica, ocupada en su mayor parte por los sarracenos, pero sin tener que detenerse al llegar a sus límites, porque su identidad le impulsará a desbordarlos, incluso cuando el Islam, siglos después, haya sido arrojado del último reducto de la “cuenca”, el Reino de Granada». (pág. 74)

El inesperado descubrimiento del continente americano tiene lugar como consecuencia del desarrollo del «ortograma imperialista» (en la estrategia de avanzar hacia Poniente, circunvalarla Tierra y pillar a los turcos por la espalda). Es entonces cuando España se convierte en un Imperio efectivo y su identidad adquiere una nueva dimensión que es la de ser núcleo central de la Comunidad Hispánica que se extiende hasta rodear toda la Tierra.

Felipe II se desvincula por fin del Sacro Imperio Romano Germánico que había heredado su padre Carlos I y con el que, siglos atrás, ya había coqueteado Alfonso X el Sabio. De este modo el Imperio Católico Español se convierte en el «Imperio realmente existente» y toma el nombre de «Monarquía hispánica» para evitar confusiones con el coexistente Sacro Imperio. Es ahora cuando España comienza a ser «temida y odiada» y cuando sus enemigos comienzan a gestar la Leyenda Negra.

La Idea de Imperio Universal

La estrategia habitual para defender a España de La Leyenda Negra consiste en denunciar las mentiras, exageraciones y tergiversaciones históricas sobre las que está montada dicha Leyenda. Desde un punto de vista historiográfico ésta es una tarea esencial.

Sin embargo, puesto que la Leyenda Negra surgió en los siglos XVI y XVII para atacar ideológicamente al «Imperio Católico Español», otra forma de defender a España podría ser mediante la reivindicación de la Idea de «Imperio» como elemento histórico y filosófico fundamental para entender la Historia Universal.

Aquí nos encontramos con un importante escollo, pues en nuestros días los términos «Imperio» o «Imperialismo» están tan absolutamente desprestigiados (y muy especialmente entre los que se dicen de «izquierdas» y/o «progresistas») que difícilmente podremos ensalzar la Idea de «Imperio» y el papel de España como «Imperio Universal» sin ser calificados automáticamente de fascistas o cosas parecidas. Sin embargo, desde un punto de vista materialista, y pese a quien pese, la importancia de la Idea de «Imperio» es tal que el único sentido que cabe dar a la «Historia Universal» es el de «Historia de los Imperios Universales». Quédese esto bien grabado en nuestras cabezas:

Historia Universal = Historia de los Imperios Universales

De ahí que la importancia que haya podido tener España dentro de la llamada «Historia Universal» deriva, ni más ni menos, de la condición que haya podido tener de «Imperio Universal». Esta tesis, mantenida por Gustavo Bueno en «España frente a Europa» (capítulo III: «La Idea de Imperio como categoría y como Idea filosófica»), es la que trataremos de exponer a continuación muy simplificadamente.

La concepción de la «Historia Universal» como «Historia de la Humanidad» en la que un «Género Humano», dado desde el principio de la Historia, se va desplegando o evolucionando hasta llegar al presente, es una concepción puramente metafísica. Y es igual de metafísica tanto si se considera al Género Humano desde un punto de vista teológico como si se lo considera desde un punto de vista materialista.

Desde un punto de vista teológico, la Historia Universal se nos presentaría como siendo contemplada por Dios. El despliegue del Hombre (creado por Dios) comenzaría con el pecado de Adán, continuaría con Jesucristo y terminaría con el Juicio Universal. Es evidente que desde la posición materialista que aquí mantenemos esto es inaceptable.

Desde el punto de vista materialista, la Historia Universal consistiría simplemente en la «evolución de la especie humana». El despliegue partiría de unos primates prehistóricos que a lo largo de un proceso evolutivo habrían dado como resultado al «hombre histórico». Sin embargo, tal reducción materialista también resulta inaceptable, pues es imposible deducir al «hombre histórico» a partir de esos primates prehistóricos. Si esta deducción se consigue ahora tan fácilmente es sólo debido a que el modo materialista cae en una especie de «círculo vicioso» en el que está dando por supuesto al «hombre histórico» (ya sabe que ha tenido lugar a partir de dichos primates). Esta petición de principio que parte del «hombre histórico» para poder llegar a él es lo que el materialismo filosófico denomina «dialelo antropológico». Por lo tanto, la Historia Universal no consiste en el metafísico despliegue del Género Humano desde su origen hasta el presente:

Historia Universal ≠ Historia del Género Humano

Y es que el Género Humano no está dado desde el principio como un bloque homogéneo que va progresando globalmente a lo largo de la Historia Universal. Lo que realmente existen son grupos humanos repartidos y enfrentados unos con otros en su pretensión de proyectar sus planes y programas (ortogramas) a todos los demás. Es lo que en el materialismo filosófico se denomina despliegue de «ortogramas imperialistas».

La Historia Universal consiste en que determinadas sociedades humanas desplieguen sus «ortogramas imperialistas» con el fin de extender entre el resto de grupos humanos su forma de vida (costumbres, lengua, religión, instituciones, etc.). Es en este intento imperialista de englobar al resto de los humanos en el mismo ortograma cuando se constituye el «Género Humano», la «Humanidad».

El Género Humano se construye a lo largo de dicho proceso histórico en el que sociedades y culturas diversas luchan incesantemente entre sí para llegar a constituirse en «Imperios Universales», y así controlar y construir dicho Género Humano. El Género Humano no es una realidad dada ya desde el principio de la Historia. El Género Humano, la Humanidad, es una idea resultante de la confrontación de sociedades y culturas diversas a lo largo de un proceso histórico. La «Historia Universal», desde coordenadas materialistas y no metafísicas, es la «Historia de los Imperios Universales», definidos en función de un «Género Humano» que no está dado previamente sino que es lo que se trata de construir. El Género Humano no está pues al principio de la Historia Universal, sino al final de la Historia de los Imperios Universales:

Historia de los Imperios Universales → Género Humano

Dicho en palabras de Gustavo Bueno:

«No cabe hablar de una “Historia Universal” como “Historia de un Género Humano” que sea dado como presupuesto desde el principio. ¿Se deduce de aquí que la Historia Universal sólo puede entenderse como un proyecto metafísico carente de sentido? No, porque el proyecto de una Historia Universal puede recuperarse como proyecto filosófico de una Historia de los Imperios Universales, si es que estos Imperios se definen en función del Género Humano que no puede estar dado previamente a su constitución. Dicho de otro modo: la Historia Universal no podría concebirse, sin más, como la Historia del Género Humano, ni siquiera como la Historia de las sociedades humanas, o de las sociedades políticas (de los Estados); porque estas “Historias” seguirían siendo, en realidad, Antropología o Etnología. La Historia Universal es la Historia de los Imperios Universales y todo aquello que no sea Historia de los Imperios no es sino Historia Particular, es decir, Antropología o Etnología. Desde este punto de vista, la Historia Universal podría dejar de ser acaso un proyecto metafísico para convertirse en un proyecto práctico-positivo. Porque la Historia Universal dejará de ser la “exposición del despliegue del Género Humano desde su origen hasta el presente” (la “Historia de la Humanidad”), para pasar a ser la “exposición de los proyectos de determinadas sociedades positivas (políticas, religiosas) para constituir el Género Humano”, es decir, para comenzar a ser Historia de los Imperios Universales».

»(…) la Historia Universal tomará necesariamente la forma de la exposición del conflicto incesante entre los diversos Imperios Universales que se disputan la definición efectiva, real (el control, por tanto) del Género Humano». (España frente a Europa, pág. 209-210).

Por tanto, vemos que lejos de ser una idea despreciable, como comúnmente se piensa, la idea de Imperio es fundamental para alguien que, con un mínimo de seriedad, quiera considerar la idea de Género Humano o de Humanidad. Y es que, desde un punto de vista materialista, la importancia que pueda tener la Idea de Género Humano (de Humanidad) radica precisamente en su vinculación con la Idea de Imperio, ya quees a lo largo del despliegue de la Idea de Imperio cuando aparece, a su vez, la Idea de Género Humano. Y es aquí donde radica nuestra reivindicación de la Idea de Imperio, muy lejos de esas concepciones idealistas en las que muchos, al mismo tiempo que se les llena la boca con la idea de Humanidad, abominan de la idea de Imperio.

En «España frente a Europa» Gustavo Bueno distingue cinco acepciones políticas del término «Imperio». Concretamente, la tercera acepción, la denominada «Imperio diapolítico» es la que se corresponde con lo que los historiadores (y la opinión general) entienden habitualmente por Imperio en su sentido político. Es decir, un sistema de Estados organizados de tal modo que uno de ellos se constituye en hegemónico políticamente sobre todos los demás, que ejercen como vasallos, tributarios o subordinados del «Estado imperial».

Una de las situaciones límites del Imperio diapolítico (límite inferior) es la del llamado «Imperio depredador o colonial». Es el caso de los «imperios capitalistas» de finales del siglo XIX a los que se refiere Lenin en «El imperialismo fase superior del capitalismo». Y éste es el concepto de Imperio que tienen en mente, suponemos, los que, desde las izquierdas, se manifiestan contra el Imperio y el imperialismo. Sin embargo, hay que decir, en nuestra defensa de la Idea de Imperio, que los «Imperios depredadores» no son estrictamente Imperios en sentido político pues en ellos el Estado hegemónico se limita a explotar y depredar los recursos de los Estados sometidos sin que se busque la conservación de dichos Estados ni la generación de otros nuevos. No existe una relación política en el mismo plano entre los Estados que constituyen el Imperio. Los Imperios depredadores, en todo caso, serían Imperios en grado cero.

El Imperio Español, al igual que el Imperio Romano, no fue un Imperio depredador sino un «Imperio generador»:

«Un imperio es generador cuando, por estructura, y sin perjuicio de las ineludibles operaciones de explotación colonialista, determina el desenvolvimiento social, económico, cultural y político de las sociedades colonizadas, haciendo posible su transformación en sociedades políticas de pleno derecho».

»(…) El Imperio romano o el Imperio español serían los principales ejemplos de Imperios generadores: a través de sus actos particulares de violencia, de extorsión y aun de esclavización, por medio de los cuales estos imperios universales se desarrollaron, lo cierto es que el Imperio romano terminó concediendo la ciudadanía a prácticamente todos los núcleos urbanos de sus dominios, y el Imperio español, que consideró siempre a sus súbditos como hombres libres, propició las condiciones precisas para la transformación de sus Virreinatos o provincias en Repúblicas constitucionales» (España frente a Europa, pág. 465-466).

A lo largo de la Historia Universal se habrían ido sucediendo los Imperios desde Oriente a Occidente: asirios, medos, griegos y romanos, de modo que, en esta sucesión, el Imperio español habría sido el último Imperio Universal posible pues con él se habría llegado al extremo occidental y se habría circunvalado toda la Tierra.

«¿Qué se debe a España? Desde hace dos, cuatro, diez siglos, ¿Qué ha hecho por Europa?» se preguntaba insidiosamente el francés Nicolas Masson de Morvilliers en el siglo XVIII para responder en términos totalmente negativos para España. Pues bien, podemos afirmar con orgullo que España, en tanto que promotora de un Imperio Universal (el mayor de todos los realmente posibles hasta entonces) ha contribuido enormemente a la formación de la Humanidad y por tanto ha de figurar con palabras mayúsculas en la Historia Universal. Otros pueblos europeos, como el francés, si bien lo han intentado han sido incapaces de desarrollar un ortograma imperial viable. Mientras que ingleses y holandeses lo máximo que consiguieron fueron nefastos imperios depredadores. Curiosamente, franceses, ingleses y holandeses fueron los grandes propagadores de nuestra Leyenda Negra.

Orígenes de la Leyenda Negra

La Leyenda Negra, como propaganda antiespañola, empieza a fraguarse a partir de mediados del siglo XVI coincidiendo con la rebelión de los Países Bajos contra el gobierno de Felipe II. Sin embargo, algunos autores establecen antecedentes de esta hostilidad hacia los españoles principalmente en Italia, aunque también en Alemania y Francia.

Los antecedentes italianos se remontan al siglo XIII cuando el reino de Aragón se extendía por el Mediterráneo hasta Nápoles y Sicilia. La competencia comercial de los mercaderes catalanes y la posterior imposición de tributos por parte de la administración española suscitará odios entre los italianos. Odios injustificados, pues, por una parte, es Castilla la que seguirá cargando con el mayor peso fiscal en cuanto al mantenimiento del Imperio, posesiones italianas incluidas, y, por otra, la defensa de Italia frente a la amenaza turca depende básicamente del Imperio español. También la administración de justicia española habrá de toparse con los privilegios de la desplazada aristocracia italiana. Ésta, apelando a sentimientos nacionalistas, conseguirá finalmente que el pueblo italiano también se resienta contra los españoles a pesar de que el sistema judicial hispano era generalmente benévolo e imparcial a nivel popular.

Los italianos tampoco digieren bien, dada su condición de descendientes de la antigua y refinada Roma, estar bajo el dominio de un pueblo al que consideran de inferior cultura. Los españoles son presentados como bárbaros, irreligiosos e ignorantes. También son considerados inferiores desde el punto de vista racial pues, por su historia, son mezcla de judíos y moros. Por ejemplo, en el siglo XV, el papa Borgia, Alejandro VI, será calificado de «marrano y circuncidado» debido a su origen español y, en torno a él y a su familia se irá formando también una particular leyenda negra. Curiosamente una de las instituciones españoles más criticada por la Leyenda Negra será la Inquisición, dedicada precisamente a la eliminación de influencias judías y musulmanas. Por lo tanto, España será alternativamente condenada por ser mezcla de hebreos y moriscos y por su intolerancia hacia los mismos. La hispanofobia italiana se basará principalmente en la impotencia ante la hegemonía de un país al que se considera inferior cultural y racialmente.

El Saco de Roma (1527) por las tropas de Carlos I en su enfrentamiento con los Estados Pontificios no contribuyó precisamente a apaciguar las críticas italianas. Los españoles cargaron con toda la culpa a pesar de que representaban menos de un tercio de toda la tropa. Los otros dos tercios estaban formados por mercenarios alemanes (lansquenetes) y por soldados ¡italianos!

Los antecedentes alemanes de la Leyenda Negra se originan con la guerra que Carlos V mantuvo con los príncipes protestantes germanos de la Liga de Esmalcalda. El emperador defendía el catolicismo romano frente a la reforma luterana por la que tomaba partido la liga. Si a esto añadimos el incipiente nacionalismo alemán, el antijudaísmo, ya patente en Lutero, y el sentimiento nórdico de superioridad racial hacia italianos, españoles y judíos, tenemos todos los ingredientes necesarios para entender el antiespañolismo y el antipapismo germanos.

En Francia los sentimientos antiespañoles están ligados a la política imperial española en Europa durante los siglos XV y XVI por la que Francia se vio, por una parte, frustrada en sus ambiciones sobre Italia y, por otra, encerrada entre las posesiones españolas en Europa.

Toda esta hispanofobia, fruto de las rivalidades económicas, de la política imperial española en Europa, de sentimientos nacionalistas y anticatólicos y de superioridad cultural y racial y, por supuesto, del descubrimiento del Nuevo Mundo por parte de España, cristaliza a partir de mediados del siglo XVI cuando los intereses holandeses e ingleses entran en colisión con el Imperio español.

En los años 60 del siglo XVI, durante el reinado de Felipe II, tiene lugar la rebelión de los Países Bajos. En principio, no se trataba de una revuelta popular sino de una conspiración gestada por la nobleza local usando técnicas de propaganda contra el gobierno español, la Iglesia católica y la Inquisición. La mayoría de la población seguía siendo católica pero ciertos nobles flamencos usaron la ideología de la Reforma protestante como instrumento nacionalista para conseguir independizarse de España. La Monarquía Hispánica, en su intento por mantener el ortograma imperial católico en Europa, tuvo que enfrentarse abiertamente al ámbito protestante, Países Bajos e Inglaterra, que es de donde le lloverán las críticas más feroces.

La revuelta en los Países Bajos empezó ante las medidas militares y religiosas tomadas por Felipe II con el fin de reprimir la herejía protestante. El duque de Alba, gobernador de la zona, para controlar las continuas rebeliones, impuso al menos un millar de condenas a muerte, entre ellas las de varios nobles flamencos, e incrementó fuertemente la presencia militar. La tardanza en el pago de los sueldos produjo motines entre los soldados que culminaron con el saqueo de Amberes en 1576, en el que murieron varios miles de holandeses. Se exageró la supuesta crueldad de la política del duque y la propaganda cargó las tintas sobre los hechos más sangrientos y despiadados con el fin de desprestigiar al invasor español. Esta visión será apoyada intensamente por Inglaterra que, a partir de la subida al trono de Isabel I (1558), ratifica el cisma con la Iglesia de Roma iniciado por Enrique VIII.

El príncipe Guillermo I de Orange, antiguo gobernador (estatúder) de Felipe II en los Países Bajos, fue uno de los principales líderes de la revuelta y su obra «Apología» (1580) se convirtió en uno de los panfletos de propaganda antiespañola más difundidos. Según el hispanista Felipe W. Powell:

(…) la Apología de Guillermo fue, sobre cualquier otro, el libelo de mayor impacto, y llegó a ser una piedra angular en la historia total de la Leyenda Negra. No sólo reiteró temas ya conocidos, incluyendo algunos tradicionales en Italia y Alemania, sino que inventó nuevos libelos y dio nuevo giro a los ya existentes. Este panfleto, traducido a las lenguas europeas de mayor difusión, fue ampliamente repartido. (Felipe W. Powell, La Leyenda Negra, pág. 126).

Guillermo elude los ataques políticos directos al rey y responsabiliza del mal gobierno a sus ministros: los gobernadores españoles de Holanda, en especial el duque de Alba, son títeres del Papa y Felipe II es un esclavo de la Inquisición. Haciéndose eco de las acusaciones de fray Bartolomé de las Casas remarca la crueldad natural de los españoles patente en las matanzas de indios en el Nuevo Mundo. También es el primero en publicar que Felipe II había ordenado la muerte de su hijo don Carlos y otras acusaciones personales hacia el rey. Asesinado en 1584, poco después de la publicación de la Apología, Guillermo de Orange se convirtió en mártir de la independencia holandesa y, aún hoy, es mencionado en la letra del himno nacional.

La hispanofobia también sirvió a los holandeses como justificación para intentar conquistar las posesiones lusas de ultramar, cuando éstas pasaron a formar parte del Imperio hispano (1580-1640) al heredar Felipe II el trono de Portugal, y empezar así a desarrollar su propio imperio.

Las relaciones de España con Inglaterra fueron relativamente buenas en la primera mitad del siglo XVI, durante el matrimonio de Felipe II con la reina católica María Tudor, pero se volvieron altamente conflictivas al consolidarse definitivamente el protestantismo bajo el reinado de Isabel I. Inglaterra fomentó la rebelión de los Países Bajos no sólo por solidaridad protestante frente al católico Imperio hispánico sino por la amenaza que representaba tener dominios españoles a tan poca distancia de sus costas. Por otra parte, el enfrentamiento también se planteó en el terreno económico y político debido a las estratagemas inglesas por participar a toda costa de las ganancias americanas.

A diferencia de los holandeses, cuyas críticas a España se dirigían al mal gobierno, la propaganda antiespañola inglesa se centró especialmente en la temática americana puesto que sus intereses iban en el sentido de crear su propio imperio en el Nuevo Mundo. La Leyenda Negra sirvió para justificar la piratería a naves y posesiones españolas en América. Al famoso pirata Francis Drake, que asaltó Santo Domingo y Cartagena, se le otorgó incluso el título de Sir.

Finalmente, en 1588, Felipe II se vio obligado a enviar a la «Grande y Felicísima Armada» con el fin de invadir Inglaterra. Su fracaso, debido más a las malas condiciones meteorológicas que a los méritos militares ingleses, fue utilizado por éstos para ridiculizar tanto a la que denominaron irónicamente «Armada Invencible» como a la monarquía española.

Gran parte de la propaganda antiespañola toma como fuente las críticas realizadas por los propios autores españoles, como Antonio Pérez, Reginaldo González Montano y Bartolomé de las Casas. Dichas críticas serán posteriormente exageradas y ampliadas en el extranjero convirtiéndose así en propaganda contra el Imperio hispánico.

Siendo secretario de estado de Felipe II, Antonio Pérez participa en una serie de intrigas palaciegas que finalmente le hacen caer en desgracia. Se ve obligado a huir y buscar refugio primero en Zaragoza, acogiéndose a los fueros del reino de Aragón, y posteriormente en Inglaterra. Aquí, bajo el pseudónimo de Rafael Peregrino, publica una serie de libelos contra Felipe II bajo el título de «Relaciones» (1594). Antonio Pérez acusa al monarca de mantener relaciones adúlteras con la princesa de Éboli y de ordenar la muerte de su primogénito don Carlos. La historiografía no ha podido probar la responsabilidad del rey en dicha muerte por lo que probablemente tras esas acusaciones se escondían motivos personales y políticos. De hecho, las acusaciones de Pérez fueron usadas como propaganda contra Felipe II por los holandeses en su lucha por la independencia. Guillermo de Orange añadirá, por su parte, nuevas acusaciones como la de bigamia, incesto, adulterio y la de ordenar la muerte de su esposa Isabel de Valois. La tétrica imagen creada en torno al emperador hará que sea conocido en el ámbito protestante como el «demonio del mediodía».

Las acusaciones de Reginaldo González Montano, protestante español exiliado en Londres, se centran en cambio en la Inquisición española. Montano construye un terrorífico relato en torno a las torturas y tormentos empleados por dichas institución. Su obra, «Exposición de algunas mañas de la Santa Inquisición española» (1567), fue profusamente traducida y reeditada en Francia y en los países protestantes.

Una parte principal de la Leyenda Negra se ceba especialmente con la Inquisición española, uno de los instrumentos para llevar a cabo la política imperial de Felipe II en Europa. La Inquisición española fue un tema recurrente entre los intelectuales europeos, que vieron en el Santo Oficio una simple maquinaria de practicar las más horrendas torturas. Y, en particular, fue una de las grandes obsesiones de los holandeses. En este sentido, todas las obras de la época intentan describir con el máximo morbo posible los sangrientos procedimientos inquisitoriales.

La Inquisición moderna fue creada por los Reyes Católicos a través de una bula del papa Sixto IV, en 1478. Pero mucho antes ya funcionaba la llamada Inquisición medieval en países como Francia o Alemania donde se encargaba de perseguir a los herejes, como los albigenses y cátaros franceses. Por otra parte, los países protestantes, una vez libres del control de Roma, crearon sus propias Inquisiciones, mucho más crueles que la española. Así, en sus tres siglos y medio de existencia, la Inquisición española mandó ejecutar a unas cuatro mil personas (la inmensa mayoría judaizantes), mientras que en un periodo de tiempo mucho menor se quemaron doscientas mil brujas en el Norte de Europa o se ejecutaron también cientos de miles de católicos en la Inglaterra de Isabel I.

La Leyenda Negra americana se apoya principalmente en las denuncias que hizo fray Bartolomé de las Casas y que plasmó en su «Brevísima relación de la destrucción de las Indias» (1552). El libro es una relación, tendenciosamente exagerada, de los excesos que acompañaron al descubrimiento. Así, Las Casas habla de 30 a 50 millones de indios muertos en la isla de La Española cuando la población es probable que ni siquiera llegase a los 14 millones de habitantes (población actual). Sin embargo, sus denuncias llevaron a la adopción de leyes de protección de los indios, como las «Leyes Nuevas» (1542), por parte del emperador Carlos I. Éste llegó incluso a detener la conquista (1550) hasta que una junta de expertos en teología y leyes no dictaminasen si se estaba obrando correctamente. En dicho contexto tiene lugar la «Controversia de Valladolid» entre Ginés de Sepúlveda, que defiende la guerra justa contra los indios, y Bartolomé de las Casas que se opone.

La obra de Bartolomé de las Casas fue rápida y profusamente publicada por los impresores protestantes mientras que ignoraron la obra de Bernal Díaz del Castillo, favorable a la labor de conquista española. El grabador y editor holandés Teodoro de Bry (Frankfurt) se encargó de añadir a la obra de Las Casas ilustraciones que describían fielmente la narración que el dominico hacía de las supuestas atrocidades realizadas por los españoles en América.

Hay que tener en cuenta que la propaganda es el elemento fundamental de difusión de la Leyenda Negra y la imprenta, desarrollada precisamente en tierras protestantes, el invento que la hace posible, bien en forma de libros o, más frecuentemente, en forma de panfletos y libelos baratos y fáciles de distribuir. Puesto que la mayoría de la población no sabe leer, estas obras van profusamente ilustradas con imágenes y grabados en los que se describe morbosamente las supuestas torturas de la Inquisición española o las fantasiosas matanzas de indios que los españoles realizaban en América.

Ya hemos dado algunos apuntes sobre las exageraciones o falsedades en las que se basan los relatos que constituyen la Leyenda Negra. Existe al respecto una bibliografía cada vez más abundante que pone en evidencia las acusaciones contra España. Sin embargo, lo que aquí nos interesa, desde el punto de vista de la filosofía de la Historia del materialismo filosófico, es contraatacar la Leyenda Negra desde la Idea filosófica de Imperio.

Hemos visto cómo los orígenes de la Leyenda Negra están vinculados al establecimiento de España como Imperio efectivo. Pese a que Felipe II nunca se tituló emperador, la denominada Monarquía Hispánica se extendía a lo largo de 40 millones de km2 (el Imperio más grande hasta la fecha), territorio que eclipsaba con creces al imperio oficial, el Sacro Imperio Romano Germánico, heredado por Fernando I de Habsburgo de su hermano el emperador Carlos V. Y es que, con el descubrimiento casual de América (a consecuencia del ortograma imperialista heredado de los primeros reinos cristianos en su intento de recubrir a los invasores musulmanes) España se convierte en un Imperio Universal y empieza a ser temida y odiada.

Los enemigos del Imperio español son otros imperios. Bien imperios emergentes, como Inglaterra y Holanda, bien imperios ya en marcha, como el imperio turco o los imperios azteca e inca, o bien eternos aspirantes a constituirse en imperio, como Francia. El Imperio español es el que lleva la voz cantante en el sentido de mantener el «orden mundial» frente al Islam y el Protestantismo. La Pax Hispana logrará coordinar entre sí una serie de reinos y virreinatos y se mantendrá más o menos estable durante cuatro siglos hasta la invasión napoleónica.

Es en esta dialéctica de Estados (o de imperios) en la que, como estrategia para minar el poder del Imperio español, surge en el ámbito protestante toda la maquinaria propagandística antiespañola de la Leyenda Negra que, como ya hemos señalado, se dirigirá tanto a la propia persona del monarca, Felipe II, como a su política imperial (en la medida que dificulta el despliegue de los otros imperios), como a las instituciones por las que dicha política se lleva a la práctica (tales como la Inquisición o el Real Patronato de Indias) o como, en última instancia, a los propios españoles.

La Monarquía hispánica se sustentaba filosóficamente en lo que Gustavo Bueno denomina Idea «metapolítica» de Imperio, consistente en que para que el Imperio Hispánico fuese Universal y, por tanto, generador requería estar fundado en una Idea metapolítica, es decir, una Idea que estuviese por encima de los meros intereses políticos depredadores. Esa Idea metapolítica será la Idea de Cristiandad.

Necesariamente, España, como Imperio generador, no puede constituirse sobre reinos bárbaros o herejes, lo cual implica una necesaria uniformización cristiana. Su condición de Imperio generador (civil) y no depredador (heril) le obliga a constituirse como Imperio cristiano (católico):

(…) el Imperio Universal Civil (no «heril») sólo puede ser un Imperio conformado sobre reinos cristianos ya existentes o por crear; no puede ser un Imperio conformado sobre sociedades bárbaras o idólatras, ni tampoco un Imperio de dominación sobre pueblos cismáticos (musulmanes y, acaso también, protestantes). Según esto, si el Imperio debe ser cristiano no es tanto como medio de lograr la más plena unificación política (es la interpretación ordinaria), sino como el único modo de lograr la unificación política misma de los pueblos de un modo no depredador o tiránico. (…) No se tratará, por tanto, de extender más y más el Imperio por vía de la dominación, de la depredación o de la tiranía. Un Imperio generador sólo puede crecer sobre los pueblos cristianos (o dirán otros: «sobre pueblos civilizados»), y no para arrebatarles las tierras, las leyes o los fueros, sino para mantener la paz entre los reyes y los príncipes soberanos e independientes. (Gustavo Bueno, España frente a Europa, pág. 342)

Pero eso no quiere decir que Felipe II sea un títere del Papa o de la Inquisición, como señalan algunos de sus críticos cargando las culpas sobre la Iglesia. Es un error pensar que el Imperio español esté subordinado a la teología católica y al «poder espiritual» del Papa que lo utilizan con fines evangelizadores para fabricar más cristianos. No se trata de que España, ajena a la modernidad, esté presa aún de la herencia medieval manifiesta en la fórmula de «por el imperio hacia Dios». Más bien, al contrario:

Sólo porque se actuaba en nombre de Dios (del Dios cristiano) el Imperio podía ser universal: «por Dios hacia el Imperio», podría ser la fórmula del Imperio hispánico (…). (Gustavo Bueno, op. cit. pág. 347)

Por consiguiente, era el propio Felipe II el que se valía del poder espiritual, representado en la cristiandad católica, para poder llevar a cabo su política imperial:

El dogma católico, tal como se formuló en Trento, equivalía, para Felipe II (…) a lo que la «Declaración Universal de los Derechos Humanos» de 1948 representa hoy para los Imperios o Estados modernos: la trama normativa fundamental a partir de la cual puede empezar a ponerse en ejecución la política efectiva. En este sentido, el Concilio Ecuménico de Trento podría ser interpretado como una operación al servicio de la política de Felipe II (de la misma manera a como la Asamblea «Ecuménica» de la ONU, que proclamó la «Declaración Universal de los Derechos Humanos», puede considerarse como una operación al servicio de las Potencias capitalistas victoriosas de la Segunda Guerra Mundial. (Gustavo Bueno, op. cit. pág. 351)

Precisamente, gran parte de la Leyenda Negra se basa en acusaciones hacia dos instituciones, la Inquisición española y el Real Patronato de Indias, que nacieron como privilegios que el Papado había concedido a los reyes Católicos para que apoyaran la evangelización y el establecimiento de la Iglesia Católica en América. Sin embargo, lejos de ser instituciones medievales al servicio de Roma serán, en la práctica, instrumentos al servicio del Imperio hispánico durante cuatro siglos (del siglo XV al XIX), y que:

(…) suponen el «desbordamiento del papel de la Iglesia católica por parte de la empresa imperial como distribuidora de la “ley de Dios”, toda vez que esta distribución dirigida a “todos los hombres” se lleva a cabo a través del Imperio, y se lleva a cabo hasta donde el Imperio puede (hasta donde le dejan otras potencias políticas y no políticas). (Atilana Guerrero & Pedro Insua, España y la «inversión teológica», El Catoblepas nº 20, pág. 19)

Tanto la política inquisitorial española como la política de conquista del Nuevo Mundo son mostradas como ejemplos de intolerancia, fanatismo, crueldad y depredación. Sin embargo, resulta completamente anacrónico tachar de intolerante la política inquisitorial de Felipe II por sus leyes que prohibían imprimir o introducir libros heréticos o ir a estudiar o a enseñar a las Universidades de países protestantes. La tolerancia sólo comenzó a considerarse como virtud a partir del siglo XVIII, cuando se transformó en un mero equilibrio de fuerzas entre la Iglesia de Roma y las Iglesias protestantes. No sólo España, tampoco los demás países, en esta época, predicaban la tolerancia. Precisamente de la intolerancia política dependía la supervivencia de los distintos Estados e Imperios que se estaban desplegando simultáneamente al Imperio hispánico. Por otra parte, las Iglesias reformadas no eran precisamente una luz de modernidad frente al oscurantismo de la Iglesia católica:

(…) como si el fideísmo de Lutero no representase el espíritu frailuno más medieval y arcaico, que incluía el odio a los judíos, un odio que fue, por cierto, reutilizado en época de los nazis. (…)Las leyes de Felipe II de 1518 y 1519 («ley de Aranjuez») prohibiendo imprimir, introducir o vender libros heréticos o prohibiendo a los letrados ir a estudiar o a enseñar a Universidades de países protestantes tenía, por tanto, un alcance político comparable al de nuestras leyes actuales prohibiendo editar o vender libros nazis que defiendan el «holocausto» o incluso que nieguen su existencia; o el de otras leyes que prohíben ir a estudiar o a enseñar a las llamadas «sectas destructivas» (Gustavo Bueno, op. cit. pág. 349)

En cuanto a la conquista de América, es indudable que en sus inicios se realizaron innumerables tropelías, crueldades y actos criminales, muchas de ellas inevitables y otras totalmente gratuitas. Sin embargo, la intención del Imperio (finis operis) no era esa pues, ya en fecha tan temprana como 1512, los Reyes Católicos promulgan las Leyes de Burgos con el fin de salvaguardar los derechos de los indios, especialmente en lo concerniente a que no podían ser esclavizados. El Imperio tenía un claro carácter generador. Pero la realización de tales objetivos (finis operantis) hace inevitable un cierto grado de depredación por parte de los individuos que ponen en práctica los fines generadores del Imperio. Como señala Gustavo Bueno, no es que el Imperio tenga un lado bueno y otro malo, un anverso y un reverso (la cruz y la espada). Todo depende de la escala con la que observemos la realidad. Si nos movemos a pequeña escala, es decir, a escala «molecular» observaremos las actividades más o menos predadoras de los individuos particulares, mientras que si nos movemos a gran escala, es decir, a una escala «molar» tal vez podremos vislumbrar que los mezquinos fines de los elementos moleculares sirven para que el Imperio, por encima de ellos, ponga en marcha toda su actividad civilizadora y generadora:

Los españoles no emprendieron sus expediciones, con los terribles sacrificios que ellas comportaban, para ir a las selvas o a las playas americanas a recitar el Beatus ille, aunque muchos contemporáneos nuestros desde su más pura conciencia ética y ecológica nos digan, en sus lamentaciones, ante la Historia de los Imperios, que eso es justamente lo que debieran haber hecho. En general, cabría decir que la potencia de un Estado y, en particular, la de un Imperio, no se mide tanto por el grado de identificación o de «entrega» a sus planes y programas que puedan tener los ciudadanos o los grupos de los ciudadanos que lo integran; cada grupo, como cada ciudadano, se mueve en función de sus fines particulares («moleculares») y lo importante es que el Estado, o el Imperio, haya sido capaz de tejer una red («molar») capaz de canalizar los «efectos de masas» resultantes de la conjunción de los grupos particulares, y de los excedentes que así se obtienen, para aplicarlos a la realización de sus propios proyectos generales. (Gustavo Bueno, op. cit. pág. 354)

Evolución de la Leyenda Negra

Bajo el rótulo de «leyenda negra» se conoce toda una red de relatos, de diversa procedencia, autoría y fecha, cuyo fin es menoscabar la imagen de España, de la España Imperial. En nuestros días, culminada desde el siglo XIX la transformación del Imperio español clásico en el conjunto de las naciones soberanas que hablan español, algunos buscan reformular la leyenda negra antiespañola desde algunas partes de la «periferia» secesionista de España, y así, desde las regiones donde opera el nacionalismo separatista, se proyecta, sobre lo que estos grupos consideran España, el mismo arsenal de descalificaciones que antes se lanzaban desde Francia, Países Bajos o Inglaterra, naciones que, dicho sea de paso, no excluían de sus invectivas a estos nuevos usuarios de tan manido rótulo.

Por lo que conocemos, puede afirmarse que quien primero empleó de forma literal la expresión «leyenda negra», aplicada a la historia de España, fue Emilia Pardo Bazán, si bien, históricamente, fueron muchos los autores españoles que ya venían respondiendo a la propaganda antiespañola a la que tanto alimento dieron españoles como Antonio Pérez o el clérigo católico Bartolomé de las Casas. De entre el conjunto de obras que trataron de contrarrestar esa ofensiva recordemos, por ejemplo, la España defendida y los tiempos de ahora, de las calumnias de los noveleros sediciosos, de Francisco de Quevedo, dispuesta ya a principios del siglo XVII.

Pero si Emilia Pardo Bazán acuñó el rótulo, es la obra homónima del políglota Julián Juderías Loyot, publicada en Madrid en 1914, la que contribuyó decisivamente a la consagración de tal fórmula, al punto de que es frecuente la confusión que atribuye a Julián Juderías tal autoría.

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