DEL PRAGMATISMO AL POPULISMO

evoEL OCASO DEFINITIVO DE LAS IDEOLOGÍAS

Los partidos políticos han experimentado una importante evolución o deriva, según se mire. En el siglo XIX se sentaron las bases doctrinales del socialismo y comunismo, así como de otras corrientes políticas. En el siglo XX asistimos al apogeo de las ideologías políticas, con enfrentamientos que en ocasiones incluso desembocan en pronunciamientos y guerras civiles. Así como a la aparición de movimientos nacionalistas de signo derechista, como el que promueve la independencia de Irlanda.

Tras la II Guerra Mundial el enfrentamiento ideológico comunismo-capitalismo se plasma en la Guerra Fría y numerosos conflictos regionales, como las guerras de Corea o Vietnam. O en los movimientos independentistas que surgen en las colonias de países de Europa Occidental. Y la aparición de grupos terroristas con una fuerte componente ideológica: Brigadas Rojas, Baader Meinhoff, Che Guevara…

Tras la caída del Telón de Acero en 1989, seguida por el derrumbamiento de la mayoría de regímenes comunistas, el posicionamiento de los partidos políticos comienza una deriva por entonces impredecible.

Los partidos comunistas, grandes perdedores de la Guerra Fría, se ven abocados a la práctica desaparición, o bien se camuflan bajo nuevas siglas, con frecuencia coaligados con otras formaciones de extrema izquierda o ecologistas. Con resultados más bien marginales.

Falto de un enemigo –comunismo– los partidos democráticos, desde el socialismo hasta la derecha pasando por el liberalismo y otras formaciones de centro, tienden a homogeneizar sus propuestas políticas, guiados por el pragmatismo. Pero, sobre todo, tienden a ser pragmáticos en su acción de gobierno, arrinconando cada vez más cualquier posicionamiento ideológico, prevaleciendo las políticas que conducen a buenos resultados materiales y, por consiguiente, a la reelección.

Así pues, tenemos partidos socialistas que favorecen a las grandes empresas y a la banca, a la vez que partidos de derecha o centro-derecha que son permisivos con el aborto y fomentan todo tipo de ayudas sociales, etc. Es el aparente triunfo del pragmatismo frente a las siglas, donde lo que importa son las propuestas que atraigan votos de todo el espectro político, que luego se traducirán en una gobernanza pragmática, que busca optimizar los recursos del Estado, para así poder presumir de buena gestión ante los potenciales electores.

Y he aquí que aparece otra tendencia política, el populismo, que pretende arrinconar a los viejos partidos políticos, incluso los de corte nacionalista, presos del pragmatismo. El populismo ya no tiene como objetivo gestionar para todos, sino hacer políticas para grupos sociales que favorezcan alcanzar y mantener la hegemonía política y el poder a su formación política. En definitiva, no potencia la cohesión social sino una fragmentación interesada de la sociedad. ¿Qué políticas adoptará? Las que considere que convenga en cada momento. Lo cual favorece el coyunturalismo, en detrimento de las políticas de Estado o de largo alcance.

Obviamente, el populismo puede ser tanto de izquierdas como de derechas. En Europa ha comenzado ocupando huecos en los extremos del espectro político, para luego ir centrando su discurso y captar franjas cada vez mayores del electorado. En el continente americano, que es donde con toda probabilidad nació el populismo, es realmente con Hugo Chávez cuando comienza a consolidarse como opción política.

Dada la naturaleza hegemónica del populismo, le resulta difícil convivir con otras fuerzas políticas, a las cuales soporta y tolera porque sabe que sin ellas perdería su tinte democrático y por tanto el imprescindible apoyo popular. Con la libertad de expresión y de prensa le ocurre tres cuartos de lo mismo… Asimismo, por definición, el populismo atrae personajes con una extraordinaria ambición de poder, pues es un partido que lanza sus propuestas con el único y exclusivo fin de salir ganador en las elecciones.

Y el populismo tiene éxito porque ahora el elector no busca otra cosa que su propio interés. El elector ha pasado de votar lo que pensaba que era lo mejor, incluso lo utópico, a votar lo que cree que le interesa ahora mismo –populismo- y ya no le preocupa tanto lo que pueda ser mejor para el país –pragmatismo.

En el fondo, el ciudadano, más y mejor formado que nunca en la historia, ha perdido la confianza en los políticos. Analiza mucho más la actualidad y tiende a sacar sus propias conclusiones, procurando no ser arrastrado como rebaño. Y eso, paradójicamente, le acerca a los postulados populistas, que están diseñados para convencerle que ellos piensan igual y que, por lo tanto, merecen su voto.

Gaspar Llinares

Ingeniero Industrial

PDG, IESE Business School

gasparllinares.wordpress.com

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