EL PENSAMIENTO MÁGICO EN POLÍTICA

magico

El pensamiento mágico es lo contrario del pensamiento lógico. Atribuye relaciones causales entre acciones y eventos no conectados entre sí, que el consenso científico no acepta como válidas. El pensamiento mágico genera la creencia errónea de que los propios pensamientos, palabras u obras causarán o evitarán un hecho concreto de un modo que desafía las leyes de causa y efecto comúnmente aceptadas.

El pensamiento mágico es un raciocinio causal no científico; por ejemplo, la superstición. La magia, a diferencia de la ciencia, no distingue la correlación de la causalidad. Suele estar basado en prejuicios o percepciones psíquicas subjetivas del individuo/colectivo. Por ejemplo, una persona puede acreditar que una camisa da suerte si vistiéndose con ella ha ganado un torneo. Continuará usando la misma camisa y, aunque gane algunas competiciones y pierda otras, continuará acreditando sus victorias a la “camisa de la suerte”.

Este tipo de pensamiento, que por definición se opone al pensamiento lógico, es más frecuente entre los niños y en personas pertenecientes a sociedades primitivas contemporáneas que se guían por la costumbre, ralentizando el desarrollo sociocultural. El pensamiento mágico también suele estar presente en las personas con trastornos de tipo obsesivo-compulsivo. Estas personas realizan una serie de rituales estereotipados, para librarse de algunas ideas extrañas que las asaltan de forma repetitiva e insistente, a pesar de que ellas mismas las consideren con poco fundamento o completamente absurdas – ideas obsesivas.

Es más que probable que elementos básicos del comportamiento cultural humano tengan su origen en trastornos obsesivo-compulsivos que lograron la aceptación social y resulta evidente que este esquema todavía pervive en las sociedades en las que el pensamiento científico se ha impuesto al mágico, aunque sin llegar a reemplazarlo de verdad o por completo en el núcleo del psiquismo humano. Pues a muchos individuos el pensamiento lógico no les ha logrado dar respuesta a todos los miedos con la eficacia psicosocial de las explicaciones emocionales elaboradas por el pensamiento mágico.

El pensamiento mágico y las personas que hacen uso de él no ponen en duda las percepciones psíquicas subjetivas del individuo/colectivo. Por tanto, sin una base crítica o tamiz de la realidad, dicho pensamiento puede generar una pseudociencia «mágica» basada en hipótesis puramente especulativas. Por el contrario, en cualquier ciencia que se precie de serlo, una idea no se acepta como válida si no está fundamentada en hipótesis rigurosas y contrastables. El método científico se sustenta en dos pilares fundamentales: el primero es la reproducibilidad, esto es, la capacidad de repetir un determinado experimento en cualquier lugar y por cualquier persona; este pilar se basa, esencialmente, en la comunicación y difusión de los resultados obtenidos. El segundo pilar es la falsabilidad, es decir, que toda proposición científica tiene que ser susceptible de ser falsada.

El pensamiento mágico político se nutre y perdura, como todas las supersticiones y religiones, gracias a la inmadurez o incultura de grandes masas de población. Ajeno al pensamiento racional y a la realidad, el pensamiento mágico necesita de pastores que guíen al rebaño para que no penetre la luz de la razón en las tinieblas de los sueños, que creen opinión sacrificando en el altar del Estado la Verdad y todo lo que haga falta, porque para ellos el fin sí que justifica los medios. No en vano todos los partidos políticos defienden la educación pública, controlada por el Estado, o sea por ellos mismos, pues se juegan mucho si permiten la verdadera libertad educativa, ya que no hay nada más peligroso para la clase política que unos ciudadanos cultos e informados, mental y emocionalmente maduros.

La clave del éxito del pensamiento mágico reside en no efectuar ningún análisis riguroso de la realidad, proponiendo soluciones como si el proceso de cambio no tuviera costes y condujera fácilmente a una nueva realidad idílica. Se acerca a las propuestas de los arbitristas de antaño, que creían que bastaba con desear algo para que ocurriera, sin entender los mecanismos que mantienen a la realidad anclada en sus imperfecciones. Una evolución del pensamiento mágico consiste en sustituir la realidad, no ya por una alternativa idílica, sino por un simulacro de alternativa. Así, una pseudoconsulta o una encuesta, parecería bastar para provocar esa catarsis que se espera de todo proceso de reforma de una realidad que se desea cambiar.

El pensamiento mágico es como una actitud que nos lleva a rechazar, con argumentos lógicos, todas las viejas promesas políticas incumplidas, pero a aceptar entusiasmados, de manera acrítica, nuevas promesas políticas de imposible cumplimiento. O, como reza el clásico, “seamos realistas, pidamos lo imposible”. Y todo apunta a que en esas estamos…

Gaspar Llinares

Anuncios