EL FRACASO DIGITAL

166578139-1200x675Es evidente que estamos en plena era digital. Hace tan solo unos años, la digitalización se veía como un objetivo cuasi utópico. Había un consenso muy extendido, prácticamente unánime, de que traería consigo el logro de metas durante largo tiempo perseguidas: reducción universal de la jornada laboral, mejora espectacular del nivel de vida y de la calidad de vida de todas las capas sociales… Incluso había quien aventuraba que traería consigo la erradicación de la pobreza.

Lo cierto es que, lamentablemente, todas aquellas predicciones han estado muy lejos de materializarse. Es innegable que la digitalización ha supuesto un gran cambio a nivel global. Nos ha cambiado la vida; pero no trabajamos menos que antes ni ha disminuidos la precariedad laboral o social.

En realidad, pese a que cueste reconocerlo, la digitalización ha sido un gran fiasco, un fracaso estrepitoso. Surgieron múltiples oportunidades que, a la vista de los resultados, es obvio que no se supieron aprovechar. Ha cambiado el mundo y la forma en que vivimos, pero no hemos sabido lograr que mejore nuestra calidad de vida. Y, sobre todo, nuestra actitud ante el trabajo sigue siendo la misma, tanto si somos directores como si somos dirigidos.

Ha sido una gran oportunidad perdida, un tren que ya ha pasado. Una derrota sin vencedores, todos vencidos. ¿Culpables? Todos, por activa y por pasiva. Mención aparte, eso sí, a las clases dirigentes: políticos y demás poderes fácticos. Pues han demostrado -una vez más- su inmensa miopía ante los verdaderos problemas y retos que afronta la humanidad.

Por enésima vez hemos de pasar página impotentes ante un fracaso con tintes dramáticos. Hasta el próximo, mientras no se arbitren mecanismos para una selección meritocrática, transparente y ecuánime de las élites que gestionan la agenda global.

Gaspar Llinares

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