LO QUE DE VERDAD PREOCUPA A LA GENTE

albert

Y LOS POLÍTICOS SE PASAN POR EL ARCO DEL TRIUNFO

Los políticos van por un lado y la gente –la sociedad civil– va por otro, por más numeritos o gestos que hagan algunos, sobre todo los recién llegados a la vida pública. Hay una sensación apabullante de que los políticos pasan, o directamente ignoran lo que preocupa a todo el mundo: el paro, las pensiones, el recibo de la luz, los precios de los alimentos, lo que nos roban los bancos a base de comisiones y otras argucias, los salarios tan bajos, los contratos temporales encadenados, la mendicidad, la delincuencia… Un larguísimo etcétera que no se acaba nunca, que traduce en realidades concretas aquello de que vivimos en un “valle de lágrimas”.
Y ellos –los políticos– no se cansan de hablar de la prima de riesgo, el IVA cultural, el próximo congreso del partido de turno, la autodeterminación de alguna esquina del país… Cosas que puede que estén bien, o no, pero que la inmensa mayoría no acabamos de comprender su urgencia o perentoriedad. Con lo que queda la sensación de que lo que hacen no va con nosotros. Vivimos en mundos inconexos, incomunicados. O, en clave de humor, la ingeniosa definición de Groucho Marx: “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”.
Entonces, ¿para qué votarles? Eso es lo que se preguntan cada vez más contribuyentes. Lo cual supone un caldo de cultivo excepcional para que aparezca cualquier desaprensivo, populista o no, que se haga con enormes bolsas de votos. O bien para que la abstención alcance cotas nunca vistas. Y que, en definitiva, el poder político quede en las peores manos, de lo cual ya tenemos desastrosos precedentes históricos. Adolf Hitler, sin ir más lejos…
La irresponsabilidad de unos y de otros puede conducirnos a un callejón sin salida. Es un momento de inflexión, para que todos -gente y políticos- obremos con responsabilidad, sin mirarnos el ombligo, elevando nuestras aspiraciones hacia la consecución del mayor bien común. O, por el contrario, caigamos de bruces prisioneros de una pésima elección política. De todos nosotros depende, no valen excusas. Pues, según sentencia comúnmente atribuida a Platón, pese a no aparecer en ninguno de sus escritos: “El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres”.

Gaspar Llinares

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